"¿Es cierto que te han sacado el páncreas?"

Escribiendo a su amigo Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway no dio rodeos. Después de ponerle al día, terminó la carta preguntando: "¿El alcohol te ha dejado ciego? ¿Te han extirpado el páncreas?" Fitzgerald, al igual que su creación Jay Gatsby, vivió parte de su vida rodeado de grandes fiestas. Murió casi en el olvido y siempre mantuvo su coqueteo con el alcohol. En 1926, año de la carta, empezaba el punto álgido de su carrera etílica. Tanto como para que Hemingway, que nunca ocultó participar en esa carrera, quisiese saber cuánto le faltaba para llegar a la meta. La pregunta no iba descaminada: el páncreas es uno de los muchos órganos que se afectan por el alcohol.

Ernest Hemingway por John Bryson (1959)

En octubre del año pasado estuve de prácticas en el servicio de urgencias. Me gustaron porque me dejaban trabajar y me sentía útil. Las cosas que estudiaba sí servían para algo fuera biblioteca y no ejercía mi habitual tarea de florero con bata.

Una mañana llegó un paciente quejándose de un dolor que salía desde el ombligo y daba la vuelta de forma horizontal por ambos lados del abdomen hasta la espalda. "Me duele como si me ardiese el cinturón", decía. Tenía también fiebre y vómitos. Era alcohólico, pero nunca había tenido problemas. Entonces recordé la frase que nos decía el profesor de digestivo en sus clases: "un médico solo considera alcohólico a un paciente cuando bebe más que él". La frase representa un sesgo subjetivo, de los que debemos huir en ciencias. Para evitarlo y poder comparar la ingesta de alcohol existen escalas más o menos objetivas con las que valoramos si los gramos de etanol consumidos suponen un problema, independientemente de los cubatas que el facultativo beba los fines de semana. Un ejemplo de la importancia de medir y cuantificar en ciencia.

El páncreas es un órgano con dos caras. Cumple dos funciones independientes y ambas necesarias. Es endocrino porque segrega, entre otras hormonas, insulina, encargada de meter la glucosa en el interior de las células; y exocrino, porque fabrica enzimas que ayudan en la digestión de las grasas. Las enzimas se expulsan al intestino inactivadas, y al unirse a alguna sustancia del intestino se activan y comienzan a digerir. Así el cuerpo evita que se digiera el propio páncreas. Pero a veces puede inflamarse y causar una pancreatitis. En nuestro medio, la pancreatitis tiene dos causas claras: las piedras en la vesícula y el alcohol. El resultado es que el páncreas se llena de mediadores de inflamación y, por mecanismos no aclarados por completo, las enzimas se producen en mayor cantidad y se activan dentro del páncreas, lo "digieren".


Por el dolor que nos contaba imaginamos varias hipótesis y nos pusimos a comprobarlas. Primero con lo más fácil: los ojos y las manos. Había hematomas alrededor del ombligo y palpando pudimos circunscribir la zona que le dolía. No me olvido de sus labios moviéndose en una sonora blasfemia cuando le presioné el abdomen. Por el nivel del insulto dedujimos que era grave. Palpar sirve para aumentar el peso de una hipótesis, como la apendicitis, o de otra, como un cólico biliar. Le pinchamos una analítica y descubrimos que estaban altas dos enzimas: la amilasa y la lipasa. Ambas son enzimas pancreáticas. Cuando se elevan es muy sugestivo de una pancreatitis, la principal hipótesis.

Para asegurarnos, le hicimos una ecografía. Con ultrasonidos, de forma parecida a cómo los murciélagos crean imágenes del mundo exterior en su encéfalo, vimos una imagen del interior de su abdomen: como esperábamos, el páncreas estaba inflamado. Y le dimos analgesia, porque siempre es mejor no tener dolor. La pancreatitis aguda es grave y puede llevar a la muerte si no se llega a urgencias. No existe, además, tratamiento específico, sólo se mantiene al paciente sin comer por la boca, para no empeorar las cosas, con sueros y analgesia. Y se vigila que no aparezcan complicaciones hasta que remita la inflamación.

La pancreatitis es una de las formas que tiene el alcohol de decirte: "oye, te pasas con la dosis". Hemingway lo sabía. Y quería comprobar que Fitzgerald lo tuviese intacto. Sin embargo, no se suele extirpar por alcohol, sería peor el remedio porque desparecería la insulina y todos los productos del páncreas. A veces sí hay que operar cuando surgen complicaciones. Si hay pus, hay que drenarla; si la inflamación comprime el abdomen, hay que abrirlo y sacar las vísceras en una bolsa hasta que remita. Si fuesen piedras las causantes, se sacarían mediante endoscopia. Pero el tratamiento básico no es la cirugía.

El alcohol aparece envuelto en muchas enfermedades graves. Pero quién sabe si estos escritores, y otros, no crearían las obras que crearon de no haber tenido una botella junto a la máquina de escribir. Hemingway no quería quedarse atrás en la carrera pancreática que disputaban ambos genios, quizá sin ser conscientes. Cerraba la carta con una de esas frases que te escupen sinceridad a la cara cuando alguien las pronuncia: "Bueno. Me despido. Estoy pensando en salir unos pocos minutos, y emborracharme."

Borja Merino

BIBLIOGRAFÍA: