Recurrente

“Mientras corto podemos hablar un poco y así te hago algunas preguntas”, me dijo el cirujano con la cabeza rígida mientras su mano hacía sutiles piruetas con el bisturí sobre el cuello del paciente. Estaba absorto cortando los planos musculares, como si fuese algo indescifrable que solo él pudiese hacer con más o menos esmero. Yo intentaba colar la cabeza por encima de su hombro sin tocar el campo estéril para aprender algo. Rotaba en cirugía general, en la unidad de cirugía endocrina. Y el menú de operaciones del día estaba lleno de tiroides.

El tiroides es una glándula que tenemos en la parte anterior del cuello y encargada de producir hormonas tiroideas y calcitonina, que cumplen diversas funciones metabólicas en nuestro cuerpo. Nos puede llevar a quirófano, sobre todo si hay bocio (un crecimiento del tiroides que puede ser debido a muchas causas) o cáncer.

Me giré angustiado para esperar sus preguntas. Cuando me pregunta un profesor siempre me acongojo de modo enigmático y empiezo a morder las copas a la manera de Woody Allen en Boris Grushenko. Los estudiantes, salvo que sepan la respuesta, huyen de las preguntas de los profesores como si se tratasen de los padres o la policía. Cuando un profesor lanza preguntas a la clase, las cabezas se inclinan para observar el magnífico suelo. Es un fenómeno curioso.

La última noche de Boris Grushenko (1975), de Woody Allen.

Una tiroidectomía no es una cirugía difícil. Pero se puede complicar por la localización de la glándula. Y al poco se lanzó: “¿Cuál es una de las complicaciones más frecuentes si se me va la mano con el bisturí cerca del tiroides?”. La respuesta, que tuve que rumiar un poco, pasaba por mencionar un nervio. Un nervio recurrente.

Lo recurrente no tiene por qué ser malo. En las artes, los temas recurrentes pueden crear una estructura que permita ahondar en todas las vertientes o enfatizar un carácter. A veces, se exageran las recurrencias y pueden resultar cargantes. Pienso en el efecto stormtrooper de las películas de acción o el cliché de que un personaje masculino tenga que tomar su cocktail favorito –y siempre el mismo- cuando el guión lo permita. En la literatura o el periodismo todos los jóvenes sueñan recurrentemente con convertirse en buenos escritores. También fútil: nunca leerás todos los buenos escritores, solo los distintos; advertía Cesar Aira. Y la ciencia y la filosofía también están inundadas de temas y preguntas recurrentes sobre las que nunca dejamos de preguntarnos y que nos permiten, poco a poco, avanzar en los modelos con los que explicamos el mundo. Pero volviendo al quirófano, se llama recurrente al nervio porque baja y luego sube. Muy mundano.

De la base del cráneo surge un nervio llamado nervio vago. Baja y da ramas a diestro y siniestro. Algunas llegan al corazón o al diafragma, otras a cada lado de la laringe, nuestra caja de resonancia. De esas ramas laríngeas brotan a su vez otras dos ramas: el nervio laríngeo superior y el inferior. El superior va como un rayo a la laringe, siguiendo una ruta directa como la que habría elegido un diseñador o un ingeniero que en sus ratos libres se le hubiese ocurrido la peregrina idea de diseñar un ser humano.

Anatomía del cuello humano
Al nervio laríngeo inferior también se le conoce como nervio recurrente, aunque quizás podría llamársele nervio del derroche. Baja por el cuello hasta la parte superior del tórax, da la vuelta alrededor de las arterias que salen del corazón y luego vuelve a subir por el cuello para llegar a la laringe, donde inerva las cuerdas vocales y nos permite hablar.

A lo largo de este trayecto pasa cerca del tiroides, un nervio recurrente a cada lado. La complicación que tenía que mencionar para calmar el ansia docente de mi tutor era este nervio. Si el cirujano se carga uno, el paciente al despertar notaría que sus cuerdas vocales están paralizadas. Puede producir ronquera continua o incluso, sobre todo si la lesión afecta a ambos nervios, dañar la capacidad de hablar. Los cirujanos tienen mucho cuidado con ese nervio, tanto como para asegurarse que yo lo sabía.

Hay más ejemplos en nuestro cuerpo de este derroche anatómico. El biólogo George C. Williams (1926-2010) se fijó en otro desvío, en partes más pudendas, que siempre molan para los ejemplos docentes. El conducto deferente lleva el semen desde los testículos al pene. La ruta que sigue, en vez de ser la más eficaz, tiene un desvío ridículo alrededor del uréter, el tubo que lleva la orina desde el riñón hasta la vejiga.

Si nuestro cuerpo fuese el resultado de un divino artesano, de un ingeniero celestial, el diseño de estas estructuras no pasaría los controles de calidad. Ni de lejos. Menos mal que en ambos casos todo se aclara cuando miramos su historia evolutiva.

En los peces el nervio vago tiene ramificaciones que llegan hasta las tres últimas de sus seis agallas, por lo que es esperable que pase detrás de las arterias correspondientes de las agallas. Aquí no tendría sentido usar el término “recurrente”: buscan sus órganos finales por la ruta más directa y "lógica". Durante la evolución de los mamíferos, sin embargo, el cuello se alargó y las agallas desaparecieron, convirtiéndose algunas en cosas como el tiroides y la laringe. A medida que los antepasados de los mamíferos fueron adaptándose y evolucionando, los nervios y los vasos sanguíneos fueron estirados y empujados en distintas direcciones, lo que deformó sus relaciones espaciales relativas. El pecho y el cuello de los vertebrados acabaron siendo un gran lío, a diferencia de la preciosa simetría de los peces. Y los nervios laríngeos recurrentes y el conducto deferente, entre otros, sufrieron de forma exagerada esta distorsión. ¡Mira el nervio recurrente de una jirafa!

Anatomía comparada del nervio laríngeo recurrente.
Ambos son ejemplos maravillosos de un "error" inicial compensado a posteriori, en lugar de corregido con escuadra y cartabón. Ejemplos como este menoscaban la posición de aquellos que anhelan el llamado "diseño inteligente", el divino artesano platónico o la creación del ser humano por algún tipo de deidad. O al menos lo reducen al “diseñador chapucero”. Es lo que pasa si acortas la eternidad a siete días y encima el último te lo pasas en el sofá.

El biólogo Colin Pittendrigh (1918-1996), conocido por los ritmos circadianos, afirmaba de la vida que "no es otra cosa que un mosaico de piezas provisionales enganchadas unas con otras, obtenidas de lo que había disponible cuando surgió la oportunidad y aceptadas a posteriori, sin previsión alguna, por la selección natural". ¡Qué fascinantes son los seres vivos!

Para aliviar el ambiente y evitar la siguiente pregunta, se me ocurrió decir que una ronquera permanente podía mermar mucho la calidad de vida de un paciente, sobre todo si era locutor estrella o tenor de fama mundial. El cirujano, obviando la sutileza que implica su profesión, me soltó que: "los de provincias nos quejábamos mucho por una simple ronquera". A veces me pasa que digo algo y mientras lo digo ya me estoy arrepintiendo. En ese momento me vinieron a la lengua las palabras de Torrente Ballester cuando disparaba balas cargadas de retranca: “¡De provincias son ustedes, que cuando salen de Madrid tienen Segovia o Guadalajara; yo desde Ferrol, tengo del otro lado de la ría Nueva York!”. De repente todo el personal tenía los ojos clavados en mí; y porque el paciente estaba dormido...

Borja Merino

BIBLIOGRAFÍA:
Boron W, Boulpaep E. Medical Physiology. 2nd ed. Elsevier Ltd; 2008.
Brunicardi F et al. Principios de cirugía de Schwartz. McGraw-Hill; 2011.
Dawkins R. Evolución: El mayor espectáculo sobre la Tierra. Espasa; 2010.
Dawkins R. El relojero ciego. Editorial Labor; 1987.
Williams, GC. Plan and Purpose in Nature, Weidenfeld & Nicholson; 1996.