27 de julio de 2015

Dibujar de nuevo

Todavía recuerdo las clases del profesor de neuroanatomía en segundo de medicina: tiza en mano dibujando en la pizarra cada recoveco del sistema nervioso. Para escribir este artículo desempolvé el archivador donde los guardo, me tiré en el suelo y me puse a ojearlos. Están tomados a mano y tienen una letra que todavía recuerda, muy por encima, a la letra legible y perfecta en la que insistían mis profesores del instituto. Un esfuerzo que resultó del todo fútil, pues no sé si será algo intrínseco a la vida o a la letra de los estudiantes, pero cada vez me cuesta más entenderme.


De aquellas clases recuerdo  muchas cosas. Desde niño he cargado a mis espaldas con el don de la impuntualidad, y resulta que ese profesor era más rígido con los horarios que el reloj de la Puerta del Sol. Por lo que más de una vez al intentar entrar en sus clases me topé cara a cara con el pestillo de la puerta y tuve que esperar fuera. Otra cosa que recuerdo, de entre lo mucho que aprendí, es la insistencia con la que el profesor recalcaba la ausencia de ganglios linfáticos en el cerebro y en el sistema nervioso en general.

A los estudiantes de ciencias se nos ha enseñado siempre que el cerebro de los mamíferos no tiene conexión directa con el sistema linfático; dada la importancia capital del sistema nervioso, ya que sin él no seríamos nosotros, parecía estar aislado y protegido del resto del organismo. Pero en realidad las cosas no son así.

En el cuerpo, como sabes, hay varios sistemas de cañerías que discurren por casi todos los rincones. Uno de ellos es el sistema cardiovascular, formado por una bomba muscular, el corazón, que impulsa la sangre por los vasos sanguíneos llevando nutrientes y oxígeno a los tejidos y recogiendo algunos desechos. Pero en realidad, y siendo generosos, tu cuerpo es como una gran ciudad: produce demasiada basura. El sistema vascular no da abasto para dejar los barrios limpios como una patena.

Y por eso existe otra forma de recoger desperdicios: el sistema linfático, seguro que te suena. Se distribuye por todo el cuerpo menos por el sistema nervioso central, o eso se pensaba. Actúa como una red de alcantarillado eliminando residuos de los tejidos, sobre todo aquellos grandes o pesados como algunas proteínas. Este sistema se compone de vasos linfáticos que recogen las sustancias formando la linfa y de pequeños nódulos en su recorrido llamados ganglios linfáticos. Los vasos se juntan en grandes tubos colectores que se reúnen y terminan desembocando en el sistema venoso. 

Pero el sistema linfático no sólo es el barrendero del cuerpo: también ayuda a la policía. Y ojo, no es como la ayuda prestada por ese mítico testigo que relata cómo el agresor le había parecido siempre un “tipo normal”, sino que la ayuda que proporciona es muy útil a la “policía del cuerpo”.

Por el sistema linfático circulan células inmunes como los linfocitos. Y los ganglios son el lugar donde algunas de estas células crecen, maduran y se multiplican. Este dato explica una cosa en la que seguro te has fijado. Cuando vas al médico por una infección, por ejemplo una faringitis, el tipo de la bata te asalta el cuello y te palpa en busca de ganglios inflamados: es una evidencia de infección, una pista externa, que le indica que los linfocitos se están reproduciendo para reclutar un ejército contra el enemigo.

A veces también se pueden volver "revolucionarios", empiezan a trastornarse –de forma genética- y a crecer mucho y muy rápido produciendo cánceres como linfomas; por eso también aumentan los ganglios en estas enfermedades, aunque esta vez sería más bien un motín interno.

Hasta hace muy poco se creía que el sistema nervioso no estaba conectado con este sistema de drenaje linfático: el encéfalo y la médula estaban aislados. La principal hipótesis -al menos hasta ahora- es que las sustancias de desecho se eliminaban del cerebro a través de un líquido que rodea todo el tejido nervioso, en el que “flotan” el cerebro y los demás componentes: el líquido cefalorraquídeo. A este líquido verterían las células sus derechos y luego, tras circular un poco, se reabsorbería a la sangre en algunos puntos concretos del SNC. Otras sustancias parece que se eliminan de forma directa a través de las células que forman las paredes de los vasos sanguíneos, llamadas células endoteliales: los residuos pasan a través de ellas y llegan a la sangre, como si los desperdicios atravesasen la pared de una tubería.

La sangre que llega y sale del encéfalo está vigilada por la barrera hematoencéfalica, una especie de aduana formada por células endoteliales y también por unas células llamadas astrocitos, que bloquea el intercambio y llegada al tejido nervioso de todas aquellas sustancias sin pasaporte. La barrera hematoencefálica, cuando está intacta, impide el paso de gran parte de proteínas y de células como los linfocitos.

Esta aduana fue descubierta por Paul Ehrlich (1854-1915), padre de los anticuerpos y de la “bala mágica” contra la sífilis, el salvarsán. Para descubrirla, Ehrlich inyectó una sustancia llamada anilina en la sangre de una rata y al observar sus efectos comprobó que se teñía de azul todo el cuerpo excepto el cerebro, había algo que le denegaba la entrada.

Todo esto provocó que surgiesen en la mente de los neurocientíficos incógnitas muy interesantes: ¿cómo se drenaban las sustancias más grandes del cerebro, también por el LCR? ¿Cómo se activan los linfocitos si el cerebro no tiene ganglios linfáticos?

Los linfocitos, de forma general porque como siempre hay excepciones, pueden atravesar la barrera si están activados, es decir, si están preparados para buscar un determinado antígeno que hayan identificado antes en el cuerpo. Ponte en el caso de que un virus entre en tu cuerpo, por ejemplo, en la garganta. Los linfocitos se encuentran cara a cara con el virus, lo identifican, o identifican a las células en las que se mete, por medio de unos receptores que llevan en su membrana y sin pensarlo producen en los ganglios muchas copias de sí mismos. Desde ahí se dirigen por la sangre al resto del cuerpo buscando esa misma estructura enemiga y, cuando la encuentran, le atacan; así van eliminando los enemigos por mucho que se escondan.

Pero en teoría no deberían pasar al SNC los linfocitos vírgenes, es decir, aquellos que no han estado en contacto con antígenos. O al menos lo deberían hacer en pequeña cantidad. Pero no ocurre así siempre. La última pregunta es muy importante en patologías autoinmunes neurológicas donde los linfocitos reconocen como enemigos determinados antígenos del SNC y les atacan, produciendo los síntomas. Es una hipótesis, también podría ser que el propio antígeno abandone el SNC y sea captado en el resto del cuerpo. Y ahora podemos añadir otra.

Hace unos meses hubo una pequeña sorpresa que no aparecía en mis apuntes de neuroanatomía, no estaban dibujados. Se descubrió en ratones la existencia de pequeños vasos linfáticos conectados con el sistema linfático del resto del cuerpo alrededor de los vasos sanguíneos que se encuentran en las meninges, unas membranas de tejido conjuntivo que recubren el sistema nervioso central llamadas piamadre, aracnoides y duramadre; una situada encima de la otra. Cuando el médico pone anestesia epidural introduce la anestesia en el espacio exterior a la duramadre.


Y hace tan solo unas semanas, los investigadores dan pruebas de haber encontrado vasos y ganglios linfáticos similares en muestras de cerebro humano, rodeando algunos vasos sanguíneos meníngeos. Estaban tan pegados y son tan diminutos que es una tarea ardua identificarlos si, parafraseando a Claude Bernard, no sabes lo que buscas.


Este descubrimiento puede traer también interesantes hipótesis sobre las que es necesario trabajar ¿Puede ser que en la enfermedad de Alzheimer se produzcan acúmulos de proteínas por un drenaje linfático ineficaz? ¿Se puede estimular el crecimiento de los vasos linfáticos en el cerebro para eliminar proteínas dañinas del Alzheimer? ¿Se puede inhibir el drenaje linfático de tumores para impedir su crecimiento y extensión? ¿Se activan los linfocitos vírgenes en esos ganglios aunque no pasen la barrera hematoencefálica? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento en las enfermedades que cursan con alteraciones inmunes en el sistema nervioso?

Surgen preguntas fascinantes que nos dejan ávidos por saber cómo será el futuro, si será un avance fundamental en neurociencia o se queda como un dato más que memorizar en la asignatura de neuroanatomía. Hasta que se siga investigando no saldremos de dudas, pero por lo pronto iré dibujando de nuevo mis apuntes.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Louveau A, Smirnov I, Keyes TJ, Eccles JD, Rouhani SJ, Peske JD, et al. Structural and functional features of central nervous system lymphatic vessels. Nature. 2015.
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  • Guyton A, et al. Tratado de Fisiología Médica. 11th ed. Elsevier Science;
  • Shechter R, London A, Schwartz M. Orchestrated leukocyte recruitment to immuneprivileged sites: absolute barriers versus educational gates. Nat Rev Immunol. 2013 Mar;13(3):206-18.
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