Un tweet inesperado (y triste)

Mira que no me suelen gustar los rituales, tradiciones y demás vueltas a empezar porque denotan una tremebunda falta de imaginación. Pero hay un “ritual” al que nunca falto: los días que me siento en la biblioteca a estudiar comienzan con unos minutos procastinando en twitter, facebook y similares. Consulto por encima las últimas fotos de mis amigos en las redes sociales para asegurarme que han desayunado el tradicional café con leche y croissant en algún bareto y luego leo la actualidad del día, el correo, etc. Todo tiene que quedar bien leído antes de empezar a estudiar.

Había escogido ya el sitio que ocuparía el resto de horas que quedaban del día en una de las bibliotecas de Compostela. Antes de coger el móvil vacié la mochila y abrí los apuntes de medicina preventiva para continuar donde lo había dejado el día anterior. Según el calendario de estudio que había diseñado (que es el equivalente del estudiante a un programa electoral: solo sirve para saber lo que te saltas) hoy tocaba comenzar el tema de profilaxis de disposición.


La profilaxis de disposición se compone de unas herramientas químicas para evitar que un paciente desarrolle una enfermedad infecciosa. La caja de herramientas está llena de conceptos como quimioprofilaxis, que consiste en chutarte medicamentos para evitar que si te infectas se desarrolle la enfermedad, o la seroprofilaxis, la comida rápida de la inmunología, donde lo que te inyecta el médico son anticuerpos como los que producirías tú mismo pero ya fabricados en otras personas o animales. Pero dentro de la quimioprofilaxis destaca, por méritos propios, la vacunación.

Por una de esas pequeñas casualidades con las que a veces te sorprende el día a día, me encontré con una desagradable noticia en Twitter: un niño catalán acababa de desarrollar difteria. Accedí al enlace para comprobar su veracidad y, después de leerla, mis ojos pasaron del teléfono a los apuntes y buscaron justo la frase que me tocaba estudiar. Decía: 
Edward Jenner (1749-1823) en 1796 aplicó la vacuna de la viruela y la enfermedad fue erradicada en 181 años.” “En España –continuaba el texto- no hay casos de polio ni de difteria desde 1989.”
Luego seguía con más datos de similar calibre. El caso es que no había difteria desde el año 1989, pero por algún motivo tenía enfrente una noticia de última hora que contradecía el texto que tenía que subrayar y almacenar en mi cabeza.

La difteria es una enfermedad infecciosa producida por una bacteria con forma de bastón llamada Corynebacterium diphtheriae. Es una pequeña hija de puta que cuando la toma con una persona le produce un cuadro de infección nasofaríngea y cutánea, al principio. Existen muchas cepas distintas; algunas causan enfermedades en la piel, pero suelen ser menos agresivas y no revierte tanto interés.


La madre del cordero la tenemos en la difteria respiratoria. A priori puede parecer un cuadro catarral totalmente banal, una faringitis o algo por el estilo. A medida que avanza la enfermedad, la bacteria desencadena una reacción inmune en el paciente y hace que aparezcan en su garganta pseudomembranas. Son mezcla de células inmunes, fibrina y otros tejidos que se adhieren a la garganta y al desprenderse pueden taponar la vía respiratoria –impidiéndole coger aire- o sangrar causando hemorragias.

Y no es lo peor. La bacteria tiene una peligrosa –para nosotros- capacidad: puede producir y verter a la sangre unas proteínas tóxicas –o toxinas- que se alejan de la garganta y se distribuyen a través de la sangre por todo el cuerpo. Por lo general la toxina se dirige a toda velocidad hasta el músculo que forma el corazón –llamado miocardio- produciendo su inflamación –lo que en medicina se conoce como miocarditis-, y también alcanza los nervios periféricos produciendo una polineuropatía, que consiste en una dificultad para el movimiento y para recibir estímulos sensoriales en la parte del cuerpo afectada.

Cuando la toxina se acerca al corazón y produce la miocarditis, los resultados son desastrosos porque desboca en una insuficiencia cardíaca, que como su propio nombre indica es causa de que el corazón sea incapaz de llevar a cabo su trabajo con eficacia. Dado lo importante que es el corazón esto puede ser un problema gordo, como seguro que imaginas. Por si fuera poco, la toxina también puede inducir arritmias, que necesitan ser desfibriladas, o incluso acabar en una parada cardiorrespiratoria.

Todo esto forma parte de la difteria, una enfermedad olvidada en la mente de la gente y de los médicos pero que causó muchísimas –incontables- muertes a lo largo de la historia. Los más viejos del lugar la recordarán como el temido “garrotillo”, que inmortalizó, junto a la asfixia que produce, el pintor español Francisco de Goya (1746-1828) en el cuadro homónimo:


Si había quedado relegada a mera curiosidad -incluso a lo largo de la carrera de medicina me la citaron muy pocas veces- es porque en España no existía gracias a la vacunación sistemática de los niños. A cierta edad reciben una vacuna que incluye prevención para la difteria, el tétanos y la tos ferina, una vacuna polivalente –que tiene efecto contra más de un bicho-.

Por desgracia ese niño no estaba vacunado y por eso la bacteria pudo campar a sus anchas por su cuerpo en lugar de entrar y ser atacada al instante por anticuerpos específicos adquiridos en la vacunación. Sus padres no le vacunaron creyendo hacer lo correcto; mal informados por personas que, o bien no saben de qué puñetas hablan, o les mienten directamente a la cara.

Hace unos años, por las calles de Vigo, vi carteles anunciando algo llamado “fiesta del sarampión”. Resulta que los niños, en vez de sudar detrás de una pelota o pasar la tarde escuchando a sus youtubers favoritos, iban a infectarse a casa de un niño enfermo bajo la creencia de que la inmunidad natural es mejor que la de las vacunas, y así evitar sus –por otra parte escasos- efectos secundarios. Por suerte, en España la gente que rechaza las vacunas es una minoría muy minoría -no así en otras partes del mundo- y es probable que el problema surja de la mala información y los malos informantes. Quizás ahí esté el quid de la cuestión.

Todas las actuaciones en medicina se enfocan bajo la lente del “primero no hacer daño”, o primun non nocere. Este viejo adagio también se puede aplicar a la educación o al periodismo. Mucho más importante que el que yo escriba aquí mi opinión es la labor de los medios de comunicación. Algunos han cubierto bastante bien el caso, otros no tanto. Primero no hacer daño: pedir la opinión en el informativo a un “anti-vacunas” situándolo al mismo nivel que un científico cuyas afirmaciones están basadas en argumentos científicos sólidos me parece peor que no informar de la noticia; fíjate lo que te digo.

Es cierto que se pueden debatir los pros y los contras, qué vacunas deben administrarse por sistema en el calendario oficial o cuáles no, etc. Pero desde posiciones racionales y con evidencias razonables a favor y en contra. Con personas que niegan la vacunación por sistema no se puede hacer un debate dónde las dos partes partan del 50% y tengan que convencer al público para acercarse a su causa. No debe ocurrir porque realmente no existe ese debate. La gente y los padres que tengan dudas deben informarse y deben ser correctamente informados como comentaré ahora, pero no existe en la comunidad científica ningún debate sobre la efectividad de las vacunas en general. De igual manera no hay debate sobre si se debe conducir bajo los efectos del alcohol o no: hay personas que pueden estar en contra e incluso hacerlo, cierto; pero no se les invita debatir sobre por qué lo creen o lo dejan de creer. En las vacunas es lo mismo: no existe ese debate salvo algunas personas que insisten en crearlo. 

En este sentido, creo, los medios de comunicación a veces han olvidado aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. La educación sobre la importancia de las vacunas recae en muchos sectores, sobre todo médicos, políticos y medios de comunicación, y es muy probable que no se haga tanto como se necesita.

Hoy en día la principal crítica a las vacunas son sus efectos secundarios. No fue así en la época de Jenner, donde se discutía más el gasto y la obligatoriedad que su efectividad. Hay que enseñar que la ciencia funciona en base a probabilidades, y la medicina no es menos. Cualquier medicamento desde los potentes anticancerígenos hasta los antiinflamatorios o los -mal llamados- protectores gástricos tienen efectos secundarios; y muchas veces más graves que las vacunas. Hay muchos tipos de vacunas y cada uno con sus especificaciones. Pero de igual manera que cuando alguien se muere (y son cientos de personas al año) por tomar un ibuprofeno no vamos a clamar al cielo para que dejen de venderse, tampoco debe ocurrir con las vacunas. Evitar que a unos les siente mal y a otros no también es objeto de investigación científica, como una rama de la medicina llamada farmacogenómica. Educar sobre esto es algo muy sencillo, pero se requiere esfuerzo.


Una buena divulgación sobre la ciencia y cómo funciona en base a incertidumbres y probabilidades, sobre las matemáticas y su significado, ahorraría muchos disgustos. Pero esto no siempre es posible ni todo el mundo escucha, por eso hay que esforzarse y empeñarse en ello. De hecho, como explica Brendan Nyhan: los científicos 
“tendemos a sobreestimar la capacidad de persuasión que los datos y la ciencia tienen sobre la gente en temas polémicos como las vacunas." 
Cualquier persona sabe lo importante que es la ciencia, incluso comparte noticias científicas en su facebook o se interesa por un nuevo hallazgo aunque no tenga ni idea de qué significa en realidad. Sabe que es importante, pero muchas veces, por culpa de una pobre cultura científica, no tiene las herramientas necesarias para diferenciar lo qué es ciencia de lo que no; y queda a merced de cualquier tipo al que entrevisten en televisión.

No sé cuál es el mejor método para educar y enseñar a los padres acerca de la importancia de las vacunas, y no creo que mostrar los resultados científicos de las vidas salvadas ayude en todos los casos. De hecho suelen ser personas en apariencia bien formadas quienes se niegan. Supongo, o al menos es bastante probable, que si alguien está leyendo estas líneas sea ya consciente de ello y yo poco tengo que enseñarle; aunque por si acaso lo escribo. Pero a mayores creo que deben ser los médicos y el sistema sanitario los que informen y enseñen con ejemplos y entendiendo las motivaciones de los padres, qué significa la vacunación y por qué es tan importante; y se gaste energía y recursos en ello porque el fin lo justifica. Deben estar preparados y tener la capacidad para solventar cualquier duda de unos padres que no saben si vacunar a su hijo o no.

No me suelen gustar las prohibiciones, quizás porque tengo muy interiorizado aquello del prohibido prohibir. La obligatoriedad no me suele gustar. No creo –o al menos no tengo las evidencias- que obligar a la vacunación sea la conclusión de este debate, al menos en el contexto español.

Es cierto que a veces, como en situaciones de brotes o algún caso particular, la vacunación es ya obligatoria y un juez la puede ordenar. Y es cierto también que hay muchos argumentos a favor. Se puede esgrimir que los padres no están decidiendo para sí mismos sino para otras personas aunque estas sean sus hijos, o basándose en la inmunidad de grupo tenemos un argumento para eliminar la supuesta “libertad” de no vacunar porque de no hacerlo puede afectar a la salud de los demás: imagina el caso de un niño inmunodeprimido que no pueda ser vacunado y acude a una guardería donde todos están vacunados, tiene muchas probabilidades de que no le pasase nada debido a la inmunidad grupal; pero imagina el caso en el que haya varios compañeros sin vacunar…

Hay muy buenos argumentos para imponer la vacunación. Pero también me preocupa que esas formas de actuar produzcan la reacción contraria a la esperada y suba como la espuma la credibilidad de los argumentos de los llamados “anti-vacunas” -hoy por hoy muy escasos en España- cuando se produzca una reacción adversa en un niño cuyos padres no querían vacunarlo pero se les obligó, o que incluso se culpe al Estado de los efectos secundarios. Contra quien miente, difama e insta a los padres a no vacunar a sus hijos con argumentos especiosos sí me parece correcto actuar, en caso de que fuese posible, y es un punto a mejorar.

A pesar de que hay buenas razones creo que la solución -al menos en España- no pasa de momento por ahí. A mayores de todo lo anterior, la divulgación educativa también es necesaria en internet (una de las principales formas que usa la gente para informarse sobre salud) y los medios de comunicación de masas deberían ser responsables con su enorme poder.

La historia tiene un final triste: el niño con difteria murió en la UCI del hospital Vall d'Hebron de Barcelona conectado a máquinas que hacían la función de sus riñones, corazón y pulmones. Un final terrible que no debería haber ocurrido. Hay ya suficientes males en la vida que no podemos evitar como para remover en el cajón de las enfermedades olvidadas.


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