La fiesta del tercer principio

Tengo grabados en la memoria los tres principios de Newton. Como sabrás, Sir Isaac Newton escribió una obra importantísima en la cultura humana, los Principia mathematica. Aquí, entre otros muchos avances, estableció tres conocidos principios: el de la inercia, el de proporcionalidad entre fuerzas y aceleraciones, y el de acción y reacción. El tercer principio, seguro que lo recuerdas, dice sencillamente que a cada acción se opone siempre una reacción igual y en sentido opuesto. En otros términos, si empujamos algo, somos empujados a su vez por el objeto en cuestión.



Si me buscases cualquier mañana temprano a principios de la década de los 2000 probablemente te toparías conmigo caminando por la ciudad de Pontevedra para llegar al instituto público donde cursaba la ESO. El día que nos interesa empezó, como tantos otros, de esa manera. No recuerdo exactamente el curso en el que estaba, pero sí recuerdo que por el camino iba pensando en algo que nos había dicho el profesor de física y química el día anterior.

"Mañana celebraremos una fiesta en clase: la fiesta del tercer principio. Si queréis divertiros traed patines globos. No os olvidéis." Yo llevaba mis globos en el bolsillo de la cazadora (mi habilidad con los patines deja mucho que desear...). No sé qué me imaginaba en aquel momento, supongo que mi concepto de fiesta -como el de la mayoría de los alumnos- pasaba porque el profesor decidiera no dar clase ese día y nos dejara salir antes. Pero no fue así, y he de decir que lo agradezco.

Recuerdo que la fiesta del tercer principio comenzó como una clase normal, de juerga no tenía mucho. El profesor nos explicó los principios de Newton y por qué ese hombre, que apenas me sonaba en aquel momento, era tan importante como para que unos jóvenes de bastantes siglos después estuviéramos escuchando su nombre.

No parecía muy difícil: acción-reacción, unas cuantas ecuaciones y poco más. Pero hábilmente el profesor pasó a sembrar interrogantes. Quizás una de las tareas más importantes de un profesor, y sin duda una de las características fundamentales de la ciencia, donde todo funciona con modelos explicativos que tienen más o menos duda.

Nos hizo dudar. "¿Si es cierto el tercer principio, cuando empujéis la pared tendréis que salir despedidos hacia atrás... o no?" Pidió a algunos compañeros que se irguieran y empujaran con todas sus fuerzas la pared; con toda la fuerza que pudiesen. Pero nadie cayó de culo hacia atrás. ¿Qué pasó? Igual es que todo eso que nos enseñaba en el encerado y vomitábamos sobre el papel el día del examen no servía para nada.

"Ahora, -dijo el profesor- este es el momento de la fiesta". Mis compañeros y yo fuimos levantando levemente los ojos con bastante indiferencia pero también, es cierto, con algo de curiosidad, que de repente surgía como un sentimiento nuevo en clase; como si se tratara de un viejo sentimiento que aflora al dejar de tomar la soma educativa.

El maestro, en tono festivo, pidió que los compañeros que habían traído patines se dispusieran con una sonrisa -al fin y al cabo esto era una fiesta-, en línea paralela de frente a la pared, con ellos en los pies. El resto juntamos las mesas y nos colocamos sentados sobre ellas observando atentos el espectáculo con nuestros globos hinchados pero sin atar en la mano. Incluso aderezó la situación con algo de música.

"¡Empujad!", gritó el profesor. Empujaron con fuerza la pared y ... ¡rediós! ¡Se desplazaron en sentido opuesto! Incluso alguno tuvo que hacer piruetas en el aire para no caer al suelo. La clase de física se llenó de risas que se acrecentaron cuando a los que no éramos tan diestros en el arte del patinaje nos pidió que soltáramos los globos hacia el techo. Las risas se hacían cada vez más sonoras gracias a las cabriolas de los globos por el aire de la clase.

La fiesta del tercer principio tenía un invitado especial: el rozamiento de los zapatos versus las ruedas en el suelo. Un ingrediente que no habíamos tenido en cuenta pero que marcaban aquellos trazos "aburridos" del encerado. Al empujar la pared o al soltar el aire del globo (acción) se consigue un movimiento inverso (reacción), aunque este a veces se camufla por el rozamiento.

Ahora que ya nos tenía prendados nos explicó cómo el mismo fenómeno que acabábamos de ver en nuestros compañeros patinadores o en los globos está implicado en las grandes naves espaciales que llevaron al hombre a pisar la Luna, en los aviones con motores a reacción, o en los cohetes que se lanzan en las fiestas de los pueblos. No sólo nos explicaba el tercer principio de la mecánica newtoniana, sino que nos lo enseñaba.


Como armamos un jaleo considerable probando y reprobando a ver si Newton se había equivocado por alguna parte, se acercó un profesor de otra clase. Al ver que estábamos vigilados pidió disculpas y se fue un tanto dubitativo, quizás pensando que la física no es motivo de risas. Sin duda este último pertenecería a la clase de profesores que habla a los alumnos de la oxidación de la llama de una vela pero no la mete en una campana de cristal para que el dióxido de carbono bloquee el acceso al oxígeno y la llama pestañee y se apague; o aquel otro maestro que continua en el encerado mientras el cometa Halley cruza el cielo esa noche, perdiendo para siempre una oportunidad única de empujar la curiosidad en las mentes de los estudiantes.

Desgraciadamente, cuando echo la memoria atrás, la mayoría de los profesores que tuve pertenecen a esta segunda categoría y sobre ellos cae, parafraseando al historiador E. P. Thomson, la enorme indiferencia de la posteridad. De lo que nunca me olvidaré es de los principios de Newton. No tengo la solución, no me la preguntes, pero estaría bien que los profesores aprendan a celebrar otras fiestas para explicar otros principios.

Sin duda esto exige una mayor preparación y más trabajo para los profesores, muchas veces con apenas recursos; pero para un niño o adolescente en la edad de la vida en la que una persona es más influenciable, curiosa y ávida de hacerse preguntas, una simple fiesta, observación, experimentación o expedición científica puede ser una experiencia inolvidable inspiradora.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista tecnológica Código Cero en el mes de febrero de 2015.