Notas sobre renacimientos, cambios y revoluciones

En el mediterráneo existe una península famosa no solo por lo bella que es sino porque marcó el devenir del continente europeo en muchas épocas de nuestra historia. Nos centremos de momento en una: el Renacimiento; que comienza en Italia, desde el siglo XII el país más desarrollado, rico y urbanizado del continente.

Eran tiempos donde soplaban desde los Apeninos hacia Europa vientos que arrastraban consigo cambios importantes. A los políticos de nuestra época les encanta la palabra “cambio”, y hasta los partidos que están en el poder la usan. Pero ninguna campaña política del “cambio” supera a lo que llevó a cabo el Renacimiento.  Fue, como sabes, un vasto movimiento intelectual que remodeló hasta los cimientos la cultura europea. La cultura entendida como lo que es: filosofía, ciencia, literatura, arte… En cualquiera de esos ámbitos se notó el soplar del viento del cambio.



Los humanistas acuñaron una expresión bastante vívida: “barbarie medieval”, para contraponerla a la cultura clásica. Ellos mismos se llamaban humanistas para dar énfasis a lo humano, a los studia humanutatis. Se tradujeron y estudiaron textos clásicos que permanecían inéditos, se recuperaron algunos olvidados, y se enfatizó el estudio de todos los saberes humanos. Se crearon bibliotecas y se generalizaron gracias al uso de la imprenta. Los libros estaban a disposición tanto de filósofos como de científicos (o filósofos naturales), matemáticos o médicos. Empezaba una época fascinante en la que la cultura era –o pretendía ser– universal: prueba de ello es De expetendis et fugiendibus rebus (1501), donde Giorgo Valla (1447-1500) intentó fusionar la filosofía con la medicina y las matemáticas.

Los vientos renacentistas siguieron soplando hasta culminar la mayoría de edad del ser humano, como solía llamar Inmanuel Kant (1724-1804) a la Ilustración. Pero un poco antes pasaron por la ciencia y provocaron una ventisca de conocimientos y fascinantes reflexiones que se suelen aglutinar bajo la expresión revolución científica.

En la ilustración había un ansia tremenda por medir y cuantificar las cosas y si quisiéramos emular aquella época podríamos establecer el comienzo de la revolución científica en la publicación de dos libros, ambos en el año 1543: por un lado tenemos la astronomía con De Revolutionibus Orbium Coelestium de Nicolás Copérnico (con seguridad la obra clave de este momento) que relevó al ser humano del centro del Universo, y por otro la medicina con De Humani Corporis Fabrica de Andrés Vesalio, que como ninguna otra obra de la época porta una de las características renacentistas en el terreno científico: la crítica a las autoridades, en este caso a Galeno. Vesalio también escribió un De Humani Corporis mucho más reducido, simple y de carácter divulgativo para sus estudiantes y gente interesada: De humani corporis fabrica librorum epitome. También Galileo, Harvey, Boyle, Hygens y un poco después Newton escribieron sus obras en esta época.

Pero los asombrosos avances en el conocimiento que se estaban produciendo no es lo único por lo que en los siglos XVI y XVII se produce la llamada revolución científica. También se produce un cambio de concepción de la propia ciencia. Se supone que existe una gran ruptura en este momento con la ciencia medieval, que era eminentemente hipotético-deductiva y encaminada en su mayor parte a explicar hechos relacionados con la fe. Y a partir de la revolución científica surgiría la experimentación en el qué hacer de los científicos: Galileo es un genial ejemplo de ello.


El siglo XVI forma parte todavía del Renacimiento y constituye el inicio de la llamada revolución científica, después de la publicación de los libros de Copérnico y Vesalio como ya sabes. Este siglo comienza también con un libro y con una hoguera en el Campo dei Fiori donde la Iglesia asesinaba a Giordano Bruno. El libro fue escrito por William Gilbert (1544-1603) y se titulaba Del imán (1600). Está considerada uno de los más antiguos ejemplos de inducción moderna. Tanto Kepler como Galileo admiraban mucho esta obra y el propio Gilbert dice que su trabajo constituye un “nuevo modo de filosofar”. Tanto Gilbert como Galileo pasando por Francis Bacon (del que hablaremos un poco más adelante) tenían la concepción de estar amasando con sus manos una nueva forma de hacer filosofía –o ciencia–, sabían que estaban innovando respecto a épocas pasadas: Galileo tituló significativamente Nuove Scienze a una de sus obras (que renueva la física aristotélica) y Bacon hacía lo propio con Novum Organum (como sabes las obras de la lógica aristotélica se titulan Organum).

Pero a veces los historiadores de la ciencia debaten si a la revolución científica se le debe dar el trascendental nombre de “revolución”: una revolución es algo serio. Los que portan esta lanza niegan la existencia de una revolución en sentido estricto, sino un continuum con la ciencia medieval o la ciencia árabe que va evolucionando hacia la  introducción definitiva de la experimentación en la ciencia. Es cierto que la transición del pensamiento escolástico al empirismo y la inducción no fue un cambio tan marcado: ya en la Edad Media se hacían observaciones y experimentos y durante la Edad Moderna no se abandonó del todo la deducción.

Pero algo que sí es notablemente diferente respecto a la ciencia medieval es la utilidad de la ciencia. No es que esté defendiendo una postura utilitarista de la ciencia como podrías suponer, pero sí es cierto que hay un cambio en este aspecto. Durante la Edad Media no existía una intención explícita de obtener una utilidad a partir de la ciencia.

En el Renacimiento esta concepción cambia sobre todo gracias a Francis Bacon (1561-1626). Bacon vivió en la misma época que Galileo y como a él le importaba la experimentación, elemento clave –decía él– de la filosofía natural o ciencia. Incluso mencionó la importancia del escepticismo en la ciencia. Pero Bacon es trascendental no solo porque se dio cuenta de la necesidad del empirismo para entender el mundo que nos rodea, sino porque alertó de que el estado podía sacar tajada de ello. La ciencia se convierte en un elemento más del estado. Incluso escribió que era necesario construir centros especializados de investigación donde los científicos realizaran descubrimientos científicos que ayudasen a la nación. Este cambio se resume genial en una frase del propio Bacon: Knowledge is not mere argument nor ornament.


Aquí es donde tiene importancia clave las ideas humanistas que habían surgido en el Renacimiento. En el Renacimiento se da énfasis a lo humano, como recuerdas; y eso se pone en práctica en la ciencia gracias a Bacon: la ciencia es una herramienta clave del dominio del hombre sobre la naturaleza. Los científicos posteriores a esta época querían averiguar cómo funcionaba aquello que veían mientras estaban sentados observando pacientemente la naturaleza, para dominar y controlar cualquier fenómeno natural.

Bacon daba tal importancia estatal a la ciencia que no podía quedar en manos de cualquiera, era un asunto de estado. Algo probablemente con lo que no estarás del todo de acuerdo, pero cuando resaltas la importancia de que nuestros políticos inviertan el dinero público en ciencia estamos recordando las ideas surgidas en la revolución científica y en Francis Bacon.

Llamamos revolución científica a un período en el que se producen cambios en la ciencia, aunque algunos de estos cambios fuesen bastante graduales y no revolucionarios en el sentido explosivo que aplicamos a “revolución”. A partir del siglo XVI-XVII se dio una importancia fundamental al empirismo: no bastaba con el pensamiento racional y las matemáticas, sino que del mundo de ahí fuera también hay que obtener información con experimentos. Aunque, es cierto, también había experimentación en la edad media y sin duda la había en la ciencia árabe. Por último, si fuésemos puristas y nos gustase emplear expresiones en latín como Stricto sensu podríamos llamar revolución con todas las letras al cambio de concepción de la utilidad de la ciencia.

Probablemente todos estos cambios que se producen en esta época en la ciencia merezca la justificación de un nombre como revolución científica.

REFERENCIAS:
  • García Font J. Historia de la ciencia. 3rd ed. Ediciones Danae; 1968. 
  • Baig A, Agustench M. La revolución científica de los siglos XVI y XVII. 1st ed. Biblioteca recursos didácticos Alhambra; 1986.
  • Popper, Karl. The myth of the framework. In defense of science and rationality. Routledge; 1994.
  • Wilson, Edward O. Consilience. Alfred A. Knopf; 1998.
  • Bowler P, Morus I. Making modern science. The University of Chicago Press; 2005.
  • Ordóñez J, Navarro V, Sánchez Ron JM. Historia de la ciencia. 1st ed. Austral; 2013. 
  • Deutsch, D. The Beginning of Infinity: Explanations that transform the world. Penguin; 2011.