La crítica de William K. Clifford a las tradiciones

En el ensayo titulado La ética de la creencia el matemático y filósofo inglés William K. Clifford (1845-1879) escribió pasajes verdaderamente lúcidos. Este texto junto con la contestación que suscitó por parte del filósofo y psicólogo William James (1842-1910) constituyen un debate sobre la ética de la creencia que sigue vigente hoy en día. Y del que seguro que podemos aprender.

Clifford fue en su juventud un devoto anglicano con gran ímpetu por dos extraordinarias pasiones: las matemáticas y la lectura. Llegó a convertirse en un matemático de reconocido prestigio con notables avances en su haber. Y se convirtió también en uno de los primeros en acoger con interés las nuevas ideas de las matemáticas no euclidianas que se estaban desarrollando en la mente de los famosos matemáticos Bernhard Riemann (1826-1866) y Nikolai Lobachevsky (1792-1856). 

Pero si algo debe tener el mérito de ser el motor de su vida, esto es sin duda la lectura. Te menciono esto porque Clifford fue una de las muchas personas cuya vida cambió a raíz de leer. Después de abandonar la universidad sus lecturas se centraron en Santo Tomás de Aquino y otros filósofos escolásticos; incluso llegó a convertirse al catolicismo. Pero por suerte para la posteridad, un poco después, sus reflexiones se centraron sobre todo en las modernas teorías biológicas, tan en boga en la época. La manera de pensar de Clifford cambió radicalmente al leer El origen de las especies de Charles Darwin (1809-1882) y los escritos morales del también naturalista y filósofo Herbert Spencer (1820-1903).

A partir de ese momento William K. Clifford mudó radicalmente de postura y pasó a criticar, con notable éxito, los sistemas de creencias que no estuviesen basados en hechos y evidencias empíricas. Clifford falleció en las portuguesas Islas Madeira muy joven a causa de una tuberculosis que arrastraba desde hacía tiempo. Pese a su vida malograda, fueron muchos los escritos y las iniciativas que apoyó a favor de un pensamiento racional. Por ejemplo, en colaboración con el gran biólogo T.H. Huxley (1825-1895), organizó un congreso de librepensadores de todo el mundo para conmemorar el centenario de la muerte de Voltaire. El ambicioso objetivo de esta reunión de mentes era reclutar ideas para liberar a los pueblos de la Tierra de dogmas y supersticiones. Fruto de esa apasionante lucha que desempeñó en los últimos años de su vida es el ensayo que te mencioné antes y del que te voy a escribir un fragmento.


Entre estas pocas líneas se haya una crítica feroz contra las tradiciones inútiles y sin evidencias que tan enraizadas están en la cultura humana. Un resumen del texto: Clifford esgrime argumentos en contra de considerar ciegamente a las tradiciones como verdaderas o útiles sin escrutarlas. Recuerda las falacias ad populum y ad antiquitatem.
¿Y qué decir de la tradición, consagrada por los siglos, de la raza humana, esa autoridad más venerable y respetable que la de cualquier testimonio individual? Los esfuerzos y luchas de nuestros antepasados han creado una atmósfera de creencias y conceptos que nos capacita para respirar en medio de las variadas y complejas circunstancias de nuestra vida. Está a nuestro alrededor, nos impregna a todos: no podemos pensar sino en la forma y con los métodos que nos proporciona. ¿Es posible dudar y comprobarla?; y, si es posible, ¿es legítimo?
Encontraremos razones para responder que no solo es posible y legítimo, sino que es nuestra obligación ineludible hacerlo; el principal propósito de la tradición misma es proporcionarnos los medios para preguntar, someter a prueba e investigar las cosas. De este modo, si hacemos un mal uso de la tradición y la consideramos como una colección de afirmaciones listas para ser aceptadas sin más, no sólo estamos perjudicándonos a nosotros mismos, sino que estamos rehusando también el participar en la medida de nuestras fuerzas en la fábrica que heredarán nuestros hijos; estamos haciendo todo lo posible para desconectarnos nosotros y nuestra raza del linaje humano.
Vamos a ocuparnos primero de distinguir un tipo de tradición que requiere especialmente ser examinada y puesta en tela de juicio, porque retrocede de manera especial ante la investigación. Supongamos que un hechicero del África Central le dice a su tribu que cierta poderosa medicina que hay en su tienda aumentará aun más su poder si matan el ganado, y que la tribu le cree. No hay forma de comprobar si la medicina ha aumentado de poder o no, pero lo que sí es cierto es que el ganado se ha esfumado. Incluso puede conservarse en la tribu la creencia de que el incremento de poder de tal y cual medicina se ha realizado de esa forma; y en una generación posterior será más fácil para otro hechicero convencerlos para que hagan lo mismo. Aquí la única razón para la creencia es que todo el mundo ha creído esto durante tanto tiempo que debe ser verdad. Y, sin embargo, la creencia se fundamenta en un fraude y se ha propagado gracias a la credulidad. Hará bien sin ninguna duda, y será amigo de los demás, la persona que la cuestione y advierta que no hay evidencia para ella, ayude a sus vecinos a ver el asunto tal como él lo ve, e incluso, si es necesario, entre en la sagrada tienda y destruya la medicina. 
La regla que debe guiarnos en tales casos es bastante simple y obvia: el testimonio conjunto de nuestros prójimos está sujeto a las mismas condiciones que el testimonio de ellos tomado individualmente. A saber, no tenemos derecho a considerar algo verdadero solo porque todo el mundo lo diga, a menos que haya buenas razones para creer que por lo menos una persona tiene los medios para saber que es verdad y qué está diciendo la verdad, hasta donde la conoce.

"El testimonio conjunto de nuestros prójimos está sujeto a las mismas condiciones que el testimonio de ellos tomado individualmente." Un corolario perfecto, la "navaja de Clifford", para que la próxima vez que te mencionen subrepticiamente la falacia ad populum o ad antiquitatem tires facilmente abajo sus argumentos.

Una tradición, como afirma Clifford, puede resultar útil e incluso ser buena para el avance de la humanidad, pero una de las condiciones para sostener tal tradición es que pueda (y deba) ser criticada, aunque la mayoría de las personas la apoyen. El que muchos hagan o acepten como cierto algo no le da (o no le debe dar) ni el más mínimo ápice de verdad si no está sujeto a pruebas demostrables.

Cuando culpo a "todos los demás" no quiero caer en las megalomaníacas ideas de un político perdedor que se redime en la ceguera e ignorancia de un pueblo por no haberle votado. Para ilustrar mejor el sentimiento del que te hablo te voy a citar una estrofa satírica del famoso dramaturgo marxista alemán Bertold Brecht (1898-1956):
"¿No sería más simple
en ese caso para el gobierno
disolver el pueblo
y elegir otro?".
Lejos de caer en esas disculpas, la crítica de Clifford es sencillamente cierta. La persona que criticó a los hechiceros estaba en lo cierto, y todos los demás no. Las tradiciones son muy peligrosas porque es difícil criticarlas. Incluso un humorista decadente puede reírse de un rey o un papa, aunque a veces, tienes razón, es difícil y mucho. Pero criticar lo que todo el mundo da como cierto y enfrentarse a una muchedumbre que carece de razón pero cree poseer algo de naturaleza tan vaga como "la verdad" es una tarea harta peligrosa y para la cual se necesitan agallas (aunque no te olvides que, por otro lado, los reyes y los papas tienen más influencia para ahormar "la verdad" de la mayoría que cualquier otra persona).

William K. Clifford tenía agallas y este fragmento, en contra de las tradiciones asumidas por todos sin evidencias, lo demuestra. Estoy seguro de que ya lo supones, pero por si acaso lo voy a escribir: te recomiendo que leas el ensayo.

Borja Merino.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Clifford, William K. y James, William (2003). La voluntad de creer. Un debate sobre la ética de la creencia. Editorial Tecnos.