Un endocrinólogo pasea por el Prado con un Bloody Mary en la mano

Nuestro protagonista pasea con notable parsimonia por el Museo del Prado a través de las salas y pasillos llenos de cuadros con figuras que le observan mientras él los escruta. Nuestro protagonista es aficionado al arte y por eso ya no recuerda cuántas veces ha paseado entre tantos cuadros, lienzos, pinturas, óleos… Lo que más le fascina es plantarse delante de un cuadro y examinar la escena hasta aprendérsela de memoria. Te puede describir hasta el más ínfimo detalle de las principales obras que ahí están guardadas. Uno de sus principales juegos intelectuales consiste en imaginar la escena que está delante de él y recrear el antes y el después, imaginar qué les ocurre a los personajes que han quedado grabados inmóviles en una escena de su vida. Los personajes de Goya, Velázquez, El Greco, Alberto Durero o El Bosco. Este último uno de sus preferidos.


Los cuadros de retratos no eran precisamente sus favoritos. Él se decantaba más por las escenas amplias, de paisajes y personas, simplemente porque le gustaba continuar la escena. No era entendido de arte, simplemente sabía que le gustaba. Lo suyo era la medicina, en concreto la endocrinología. Nunca había abandonado su profesión al plantarse delante de un cuadro: siempre se paraba a reflexionar en las enfermedades de los enanos y bufones que deambulaban por los cuadros más conocidos. Pero esta vez le llamó la atención un retrato.

Al llegar a la sala 56 del museo iba acelerando su parsimonia para avanzar un poco más rápido hacia otros cuadros que le gustasen más, pero algo llamó su atención. Ya se había fijado otras veces en un cuadro llamado Retrato de María Tudor, creado en 1554 por el pintor flamenco Antonio Moro (1519-1578), considerado una de sus principales obras.


María Tudor (1516-1558) fue reina de Inglaterra y reina consorte de España al contraer matrimonio con Felipe II. La reina era católica y creía en el poder del Papa, por lo que intentó someter a Inglaterra a la voluntad de Roma, y soñaba con convertir a su nación en la nación católica que otrora fue. Para ello no dudó en derogar todas las leyes de su padre Enrique VIII y sus sucesores, y de llevar a cabo, siguiendo la tradicional piedad de los monarcas católicos, una sanguinaria represión contra los protestantes; condenando a muerte a todos los reformistas que se ponían delante.

La próxima vez que te pidas en un bar un Bloody Mary recuerda la historia de la represión llevada a cabo por la reina católica “María Sangrienta”. Parece ser que fue un camarero llamado Fernand Petiot quien creó tan iconoclasta bebida en el conocido bar New York de París, frecuentado entre otras personalidades por Ernest Hemingway.


Dejamos atrás la historia y la pintura y vamos a centrarnos en la medicina. Habíamos dejado a nuestro protagonista delante del retrato de Bloody Mary y ahí sigue. Algo le había atraído hacia ese retrato en concreto. Al principio no sabía muy bien qué era, hasta que su atención se fijó en la cara. Una facies serena, seria e incluso inspiradora de algo de temor en quien le mantiene la mirada. Pero no era la expresión lo que atraía su atención. Eran las cejas de la reina. Tenían poco pelo, especialmente en la cola, donde apenas había.

Se llama en medicina signo de Hertoghe a la pérdida de pelo en la cola de las cejas (en la parte lateral, que se dice en anatomía). Se piensa que la alopecia se produce en los extremos laterales de las cejas porque estos son filogenéticamente más jóvenes. Como la mayoría de los signos médicos no es patognomónico de ninguna enfermedad, sino que puede verse en varias.

De entre todas las patologías en las que puede aparecer, las más comunes son el hipotiroidismo y la dermatitis atópica. La reina María fue siempre una mujer bastante enferma y pese a su gran deseo, nuca fue capaz de dar a luz a un hijo. Son muchas las especulaciones sobre su salud y las enfermedades que padecía. No lo podemos asegurar con certeza, mucho menos con un solo retrato, pero es interesante para explicar este curioso signo. Que por cierto, también se conoce como signo de la reina Ana, por otra monarca que parece haberlo tenido.


Como nuestro personaje era endocrinólogo, lo primero que pensó fue en el hipotiroidismo. El hipotiroidismo consiste, brevemente, en una deficiencia de las hormonas tiroideas (T3 y T4) producidas por una glándula con forma de mariposa llamada glándula tiroides y que llevas alojada en tu cuello, por encima del esternón.

Estas hormonas desarrollan importantes funciones en tu cuerpo, relacionadas con la diferenciación celular (el método por el cual, por ejemplo, una célula de la piel es distinta de una célula retiniana) y ayudan en diversos procesos metabólicos en el adulto. El hecho de que intervengan en la diferenciación celular y en el crecimiento tiene una especial importancia para los niños. El hipotiroidismo congénito puede ser bastante grave y provoca un serio retraso de crecimiento físico e intelectual. Si tienes hijos sabrás que unos pocos días después de nacer le pinchan el talón para ver si tiene enfermedades genéticas. Una de esas enfermedades que se busca es precisamente el hipotiroidismo.

Pues bien, salvando las distancias con el hipotiroidismo congénito, la forma de hipotiroidismo en adultos puede estar causada por poca producción de estas hormonas en la tiroides, por ejemplo por trastornos del yodo (que se necesita para formar las hormonas) o enfermedades autoinmunes (como la tiroiditis de Hashimoto) en las que, como en cualquier otra enfermedad autoinmune, la glándula sufre el ataque de nuestras células inmunes y entonces no puede llevar a cabo su función.

También se produce por un fallo en una zona de tu encéfalo llamada hipófisis, situada más o menos en el centro del cráneo, un poco hacia delante y por debajo de la corteza cerebral. La hipófisis segrega otra hormona, la TSH, que al llegar a la tiroides permite la liberación de T3 y T4. A su vez, como un intrincado engranaje, la hipófisis está regulada por otra región del sistema nervioso central llamada hipotálamo, seguro que te suena. El hipotálamo produce una sustancia: la TRH, que al bajar a la hipófisis (ambas zonas están conectadas) induce a que ésta libere la TSH.

Un fallo en cualquiera de estos dos lugares puede producir un hipertiroidismo o, en este caso concreto, un hipotiroidismo. Esto que acabamos de describir con suma brevedad se llama en endocrinología eje hipotalamo-hipofisis-tiroides. Puedes aprender más sobre esto en cualquier libro de medicina o en los enlaces que te recomiendo al final del artículo.

La definición de los libros de medicina dice algo como:
Déficit de secreción de hormonas tiroideas, producida por una alteración orgánica o funcional de la secreción glandular o por un déficit en la estimulación hipofisaria (TSH) o hipotalámica (TRH).
Son muchos los síntomas del hipotiroidismo, pero todos tienen, lógicamente, que ver con la función que hacen las hormonas tiroideas. Se suele producir un característico aumento de peso, intolerancia al frío, disminución de la sudoración, piel gruesa, disminución del ritmo cardíaco, astenia o hinchazón de la cara (fíjate en la cara de la reina, alrededor de los ojos), uñas quebradizas, etc. Más o menos lo contrario de lo que se produciría en el hipertiroidismo, donde el problema es precisamente el exceso de estas hormonas.


Pues bien, entre otros muchos signos que puedes presentar si tienes hipotiroidismo está el signo de Hertoghe. No siempre aparece, pero muchas veces sí lo hace y es otra pista para pedir una analítica de las hormonas tiroideas y así diagnosticar al paciente.

El signo de Hertoghe aparece también en la dermatitis atópica, en la sífilis, en la lepra (es bastante importante en esta enfermedad porque puede aparecer antes que cualquier otro síntoma), en la queratosis pilar y en la intoxicación por talio.

Nuestro endocrino estaba recordando todas estas enfermedades cuando avisaron de la inminente hora de cierre del museo. El día lleno de arte y medicina de nuestro protagonista llegaba a su fin; pero antes avanzó rápidamente entre las personas que se dirigían hacia las salidas, dejando atrás la parsimonia, para echar un último vistazo a uno de sus cuadros favoritos, Los fusilamientos del tres de mayo, de Goya.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Guyton, Arthur (2011). Tratado de Fisiología Médica. Elsevier. 12ª edición.
  • Longo, Dan L; et al. (2012). Harrison. Principios de Medicina Interna. s.l.:McGrawHill.
  • Rodríguez Cabezas (2006). Mujeres en la medicina. Grupo Editorial 33.
  • Ruiz Seco, P. (2011). Una internista en el Museo Nacional del Prado. Revista Clínica Española. 211:591-5.
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