Lo que en medicina se cura con Fe [1ª parte]

Mi no conversión

Es completamente cierto. Hay enfermedades donde lo único que necesitamos para curarlas es algo de Fe. A veces los editores exigen títulos polémicos a los escritores y los periodistas suelen utilizar este recurso en los titulares (una desgracia para las noticias de ciencia, por cierto) para vender más. Yo lo reconozco, quizás el título puede despistar un poco…

Si bien lo puede parecer, te aseguro que no he tenido una repentina conversión religiosa ni he abandonado a Lucrecio por algún profeta amedrentador. No me ha convencido, recordando a Valle-Inclán, ni un cura discreto, ni un fraile humilde, ni un jesuita sabiondo. Ni tan siquiera he escuchado atento el sermón del padre Arnall. Como sabrás, el padre Arnall es el repugnante jesuita que aparece en un libro precioso titulado Retrato del artista adolescente, escrito por James Joyce. El viejo sacerdote instruye a Stephen Dedalus y a los demás jóvenes en el temor a Dios y les insta a honrar a Francisco Javier (a quien Christopher Hitchens recordaba como “el hombre que llevó la Inquisición a Asia y cuyos huesos todavía veneran quienes optan por venerar huesos”) en una larga perorata que introduce vívidamente sentimientos de culpa en la mente de los chavales. Vamos, que sigo tan ateo como antes.

Aun así es muy cierto que se utiliza Fe en medicina. Y los médicos no cambian la bata o el pijama por la sotana. Me refiero a la tabla periódica. Claro que hay enfermedades que se curan con Fe, algunas anemias por ejemplo. El Fe, o hierro, se utiliza para tratar las anemias ferropénicas. Veámoslo.
El Fe, que no la fe

El hierro es un metal de transición que aparece en la tabla periódica con número atómico 26. Seguro que sabes en qué lugar encontrarlo: en el núcleo de nuestro planeta y también en la corteza, donde es uno de los metales más abundantes. Y no me olvido de la importancia de ese elemento en la historia humana y en el desarrollo tecnológico. Pero en biología y medicina también es fundamental. ¿Por qué? Pues por la simple razón de que si no tuvieses hierro en tu cuerpo automáticamente estarías muerto.


"Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio..."

Durante siglos la circulación de la sangre por nuestro cuerpo fue un misterio de los gordos. Aunque menos siniestro que los golpes en la ventana que escucha trémulo el protagonista del sombrío poema El cuervo de Edgar Allan Poe, de donde procede la cita que da nombre a este apartado. Poco a poco, el corazón se fue calmando y descubrimos cómo circula la sangre.


A lo largo de nuestra pequeña historia humana ha habido cantidad de explicaciones, algunas más ingeniosas que otras. Se llegó a pensar desde que la sangre era un líquido estático a que, como afirmaba Galeno (130-200), la sangre pasaba de un lado a otro del corazón por orificios invisibles situados en el tabique entre los dos ventrículos, tras haberse formado a partir de los alimentos en el estómago y en el hígado. Antes y después de Galeno muchos sabios intentaron explicar qué era y para qué servía la sangre, pero la de Galeno fue durante mucho tiempo la versión "oficial". Desafortunadamente Galeno no estaba en lo correcto, pese a su fama.


El médico árabe Ibn Nafis (1210-1288) y posteriormente el teólogo aragonés Miguel Servet (1511-1553) hicieron grandes avances en la circulación porque se fijaron que la sangre podía pasar de un lado a otro del corazón a través de los pulmones, no hacía falta buscar orificios invisibles.


Ahora conocemos este hecho como circulación pulmonar

La sangre sale por la arteria pulmonar desde el ventrículo derecho hasta los pulmones, de donde regresan por la vena pulmonar hacia la aurícula izquierda, y de ahí pasa al ventrículo izquierdo (el que tiene más fuerza) que al contraerse la expulsa a través de la aorta en dirección al resto del cuerpo. 
Miguel Servet hizo correctamente esa observación, aunque en un contexto teológico, y no científico-experimental como después haría Harvey. A Servet le interesaba la sangre porque, en un arrebato cartesiano (aunque Descartes todavía no existía), intentaba localizar el alma, y la situó en la propia sangre. La sangre iba a los pulmones porque para Servet era en ese preciso instante, a través del aire, donde Dios insuflaba el alma a los hombres. Aunque no experimentó, sí se fijó en la anatomía y contradijo a Galeno al no encontrar misteriosos agujeros en el corazón, algo que también afirmaba, por otra parte, el famoso anatomista Andreas Vesalius (1514-1564).

Pienso que Ibn Nafis, con un espíritu más experimentador, se encuentra muy desvalorado en la historia de la medicina en favor de Miguel Servet, quizás por haber nacido tan lejos de occidente; aunque sí es cierto que la reflexión de Servet tuvo cierta importancia en Harvey.



William Harvey y su daga

A pesar de todo lo anterior, no fue hasta William Harvey (1578-1657) cuando se empezó a tener una idea clara que de verdad fuese útil para explicar la circulación sanguínea. William Harvey se interesó muy pronto por la sangre. Cuentan que siempre llevaba una daga en el cinto y en cuanto mostraba signos de aburrimiento se ponía a jugar con ella. Además era bastante colérico, y en cuanto le tocaban las narices la desenvainaba sin dudarlo. No puedo afirmarlo, no tengo evidencias, pero no me parece descabellado pensar que el pronto interés de Harvey por la circulación sanguínea pueda haberse originado en algún desafortunado accidente jugando con su daga.



El caso es que en un opúsculo titulado Sobre el movimiento del corazón y de la sangre de los animales (1628), Harvey explicó la circulación sanguínea en esencia tal y como la conocemos actualmente. Además de añadir la circulación pulmonar explicó el paso de la sangre arterial a la venosa a través de capilares, que, por no verlos, no los tuvieron en cuenta sus predecesores. 


La importancia de Harvey es doble. Demostró la circulación de la sangre de forma experimental y matemática, esencia de la ciencia y la medicina moderna. Por eso el librito que escribió se guarda para siempre en el corazón de la medicina, no solo por el avance que supuso en las ciencias biológicas, sino por establecer la metodología de experimentar para afirmar postulados médicos, adelantándose siglos a Claude Bernard (1813-1878), el padre de la moderna experimentación médica. Ten en cuenta que en esta época además de Harvey vivieron Nicolaus Copernicus (1473-1543), Andreas VesaliusGalileo Galilei (1564-1642), Johannes Kepler (1571-1630) y, algo más tarde, Isaac Newton (1642-1727), importantes para lo que se suele llamar revolución científica, punto de partida de la ciencia moderna.


Los experimentos de Harvey son muy interesantes. Si cortas a un animal un arteria se desangrará hasta morir. La sangre, se fijó Harvey, no vuelve al corazón, sino que se pierde hasta "agotarse". Esto le sugirió un movimiento circular de la sangre. El corazón era una válvula y se necesitaba, según sus cálculos matemáticos, que la sangre regresase para poder mantener la cantidad y la velocidad sanguínea. Es curiosa la analogía del movimiento circular de la sangre con el movimiento de los cuerpos celestes, tan en boga en la época.





¡Circulen!

Gracias a Harvey ahora lo sabemos. El sistema circulatorio que todos llevamos dentro transporta y distribuye las sustancias que las células de nuestros tejidos necesitan para seguir viviendo y elimina muchos de los productos tóxicos o de desecho que ya no necesitan. Es mucho más, este sistema también participa en los mecanismos de regulación de nuestro cuerpo (lo que los médicos conocen como homeostasis) como por ejemplo el control de la temperatura (que te sube provocando fiebre por ejemplo en una infección o una inflamación); mantiene el equilibro de los líquidos intracelulares y extracelulares y también es capaz de ajustar mayores dosis de oxígeno y nutrientes allá donde se necesiten. 


Este enmarañado y fabuloso sistema se compone de muchos elementos que trabajan conjuntamente para que todo salga bien, y para que tú sigas con vida. A veces falla, y por eso para poder arreglarlo es tan importante conocerlo. A grandes rasgos todo el mundo conoce sus componentes. Es un sistema que cuenta con una verdadera bomba, el corazón, que impulsa la sangre por todo el cuerpo y ayuda a traerla de vuelta; un sistema de tubos por donde circula la sangre, las arterias y venas, y una extensísima red de vasos muy muy delgados, microscópicos, llamados capilares y que permiten un rápido intercambio entre los tejidos. 


En todo este sistema, el componente básico es la sangre, para cuyo movimiento es necesario todos los elementos anteriores. La sangre lleva muchísimas cosas, todas ellas muy necesarias, pero nos vamos a centrar en el transporte del oxígeno, para entender aquello que se cura con Fe.




Seguro que sabes lo que es un glóbulo rojo. También lo puedes conocer por sus sinónimos: hematíe o eritrocito. Son las células (aunque técnicamente no suelen considerarse como células al no tener núcleo) que transportan el oxígeno por el cuerpo. Como autobuses bioquímicos, van descargando el oxígeno por todos los tejidos de nuestro cuerpo. Para hacerlo llevan en su interior una molécula conocida como hemoglobina. Apuesto a que te suena.

La hemoglobina, una molécula con mucho hierro

La hemoglobina no es única en su función en la naturaleza, ni siquiera en el cuerpo humano. Existen muchas moléculas que cumplen funciones más o menos similares, por ejemplo la leghemoglobina que ayuda al transporte del nitrógeno en algunas leguminosas o la mioglobina que transporta oxígeno en el interior del músculo.

Es tan importante porque la hemoglobina tiene sobre sus hombros una responsabilidad de altura: transportar el oxígeno que absorbes al respirar. Es la molécula dentro del eritrocito que se encarga de llevar el oxígeno al lugar más recóndito de tu cuerpo. Allá donde imagines. Y también de traer el dióxido de carbono hacia los pulmones para expulsarlo. ¿Y cómo lo hace? Pues para responder esta pregunta hay que fijarse en su estructura, vamos a analizar con nuestro ojo bioquímico a la hemoglobina, quien además es la responsable de la coloración rojiza de la sangre.

La hemoglobina en el cuerpo humano está formada en primer lugar por una molécula de globina. Esta a su vez se compone, como una intrincada construcción, de cuatro cadenas de polipéptidos diferentes, iguales dos a dos. La hemoglobina adulta más frecuente (hay variaciones) es la HbA1, que consta de dos cadenas α y dos cadenas β. Esto es muy importante tenerlo en cuenta, pues cuando alguna de estas cadenas varía, surgen enfermedades como las talasemias, que son un tipo de anemias.

Pero a la globina que acabamos de ver le falta algo para transformarse en hemoglobina. Justo eso, le falta el “grupo hemo”, que se encuentra unido a las cadenas de la globina, uno por cada cadena: cuatro grupos hemo en una molécula de hemoglobina. El llamado grupo hemo es lo que en bioquímica se conoce como un grupo prostésico, es decir, un fragmento de una proteína que no está formado por péptidos, pero que tiene importancia funcional, en este caso es importante para el transporte del oxígeno y del dióxido de carbono. El grupo hemo está formado por dos elementos principales. Una molécula llamada protoporfirina IX y un átomo de hierro. Justo ahí, en ese profundo lugar de nuestro cuerpo, es donde necesitamos principalmente el hierro que consumimos.
Mediante procesos químicos y físicos el oxígeno es capaz de unirse al grupo hemo en los pulmones y liberarse en los tejidos, y al dióxido de carbono le sucede justo lo contrario. Este proceso me fascinó cuando lo estudié por primera vez en el primer curso de la carrera. Es muy lógico y tiene que ver con las presiones del oxígeno y del dióxido de carbono, las propias propiedades de la molécula de hemoglobina y del flujo sanguíneo (llamado perfusión) que llega a los pulmones y a los tejidos. Te animo a buscarlo y entenderlo, pero explicarlo aquí quedaría fuera del propósito de conocer lo que en medicina se cura con Fe. 

Cuando el oxígeno se une al grupo hemo de la hemoglobina, esta pasa a llamarse académicamente oxihemoglobina o hemoglobina oxigenada. Tiene ese aspecto rojo intenso de la sangre arterial. Cuando no tiene el oxígeno unido se llama hemoglobina reducida y su color es un rojo bastante oscuro. 


Los médicos pueden detectar con tan solo echar un vistazo a tus uñas por ejemplo, si tienes mucha hemoglobina reducida porque entonces aparece lo que se llama cianosis, o coloración azulada de algunos tejidos y mucosas. Eso nos indica que está llegando poco oxígeno.



[¡En la segunda parte continuamos con las anemias!]