20 de agosto de 2014

Una supuración de la sangre

El descubrimiento de la leucemia se produjo de forma subrepticia en la historia de la medicina. Sin embargo, si tuviésemos que escoger una fecha en la que esa terrible enfermedad se hizo presente en la mente de los médicos sería una mañana como cualquier otra. Un diecinueve de marzo de 1845, un médico escocés llamado John Bennett pasaba visita, como cada día, a sus pacientes. Los días que marcan la historia acostumbran a empezar como días normales. Bennett era un médico conocido entre los de su oficio. Había sido un muy buen estudiante y se graduó con muchos honores en la universidad; y además tres años antes había publicado un ensayo en el que describía una enfermedad muy importante: la aspergilosis. A pesar de sus logros Bennett trabajaba como un médico corriente, día a día. Ese diecinueve de marzo era uno de sus tantos días rutinarios. Pero uno de los pacientes no sería como los demás.




Nada al principio le hacía sospechar que ese momento revolucionaría la medicina en las décadas posteriores. Al verle por primera vez le pareció uno más, no destacaba nada de su enfermedad a simple vista. Se presentaron mutuamente y Bennet empezó a hacer el cuestionario de rutina: ¿nombre? ¿Edad? ¿Trabajo? Y, lógicamente, cuál era el motivo de la consulta. Era un joven de veintiocho años, de constitución fuerte y que trabajaba como pizarrero. Consultó al Dr. Bennett por una hinchazón en el lado izquierdo del abdomen (cerca del bazo) y por un enorme cansancio (o lo que los médicos conocen como astenia) que le había comenzado mientras trabajaba. Hizo memoria y aquello había sucedido unos veinte meses antes de la consulta. El bulto había crecido al principio pero ahora se mantenía del mismo tamaño; el cansancio, sin embargo, no se había despegado de él desde hacía meses, llegando incluso a impedir su actividad diaria.


Bennett examinó el bulto y supuso -correctamente- que procedía del bazo, el paciente tenía el bazo inflamado (esplenomegalia, otra de esas palabrejas). Tanto el médico como el pizarrero confiaron en que al pasar los meses fuese mejorando, pues el bulto no daba a priori una mala sensación. Y también confiaban en que 
el cansancio desapareciese al ir solucionándose la esplenomegalia.

Sin embargo no fue así. Las cosas se pusieron más difíciles para el pizarrero: las semanas siguientes sufrió fiebre alta, empezaba a sangrar por cualquier parte de manera repentina y tenía súbitos ataques de dolor abdominal. Iba cada vez a peor. La realidad era muy cruda: moriría si no se hacía algo, estaba ahora mismo al borde de la muerte. El tumor en el abdomen era lo de menos, tenía inflamados los ganglios de sus axilas, ingle y cuello. Habían crecido muy lentamente hasta que en las últimas semanas se aceleraron, por eso no lo había visto Bennett. Sus síntomas inicialmente eran graduales e interrumpidos, pero a medida que pasaban las semanas se aceleraban. Los brotes de sangrado y dolor se hacían cada vez más frecuentes. Algo había que hacer, aunque no se supiera bien el qué. Fue tratado con sanguijuelas y purgaciones habituales. Desgraciadamente no tuvieron resultado alguno. Las crisis se convirtieron prácticamente en continuas. Finalmente el pizarrero falleció.


Bennett estaba desconcertado, no sabía exactamente de qué se había muerto su paciente. Intrigado, decidió pedir permiso para realizar la autopsia al pizarrero. Se lo permitieron y se puso a trabajar de lleno en el caso del joven. 


Durante la autopsia hizo algo crucial: observó la sangre de su paciente al microscopio. Años antes ya habían sido identificadas muchas de las células sanguíneas gracias al desarrollo del microscopio, y Bennett utilizándolo descubrió algo que lo dejó bastante desconcertado: la sangre del pizarrero estaba llena de glóbulos blancos. Los glóbulos blancos (en concreto los neutrófilos, un tipo de ellos) son los que producen pus. Bennett lo describió así: "el paciente tenía una supuración de la sangre". Su sangre parecía más pus que sangre.

Seguro que recuerdas que hasta el momento no se conocía que los microorganismos fuesen causantes de enfermedades. El gran Pasteur vendría más adelante en la historia de la medicina. Sin embargo ya era conocido desde mucho antes que el pus se formaba en reacción a enfermedades infecciosas. Entonces lo primero que hizo Bennett fue buscar, lógicamente, una infección. Por todo el cuerpo miró; en cada rincón. Pero no había evidencia alguna de que su pizarrero sufriese algún tipo de infección fuera de la sangre. Algo raro estaba pasando. Bennett escribió:

El siguiente caso me parece de un especial valor, dado que será útil para demostrar la existencia de un auténtico pus, universalmente formado dentro del sistema vascular.
Su informe titulado Caso de la hipertrofia del bazo y el hígado, en el que la muerte se produjo a partir de la supuración de la sangre, fue publicado en el "Edinburgh Medical and Surgical Journal" en octubre 1845 y tardaría en revolucionar la medicina, pero finalmente lo haría. Bennett describió perfectamente los síntomas del paciente y elaboró un extenso y minucioso informe post mortem que nos permite saber que el pizarrero tenía un tipo de leucemia (conocida más tarde) llamada leucemia mieloide crónica (que por cierto es importantísima en la historia de la medicina, porque fue la primera vez que se asoció un fallo en los cromosomas con un cáncer y una de las primeras veces que dispusimos de un tratamiento efectivo para mantenerla a raya: el Glivec®. Aunque todo esto vendría mucho después de que Bennett la describiese por primera vez). En la leucemia mieloide crónica las células cancerosas acostumbran a ser, precisamente, neutrófilos. Observó la sangre del paciente al microscopio y dibujó, como los grandes científicos, lo que veía a través de las lentes: sus dibujos fueron las primeras ilustraciones de las células sanguíneas de un paciente con leucemia.

Pese a su minucioso trabajo, Bennett acabó desconcertado. Había pus en la sangre pero no rastros de ninguna infección. ¿Habría supurado la sangre sola? No, obviamente eso no era así. Había algo más.


Aquí es cuando entra en juego uno de los pesos pesados de la historia de la medicina, uno de los científicos que se encuentra en el olimpo de los más grandes. Seis semanas después de que Bennett describiera la rara supuración de la sangre del pizarrero, el patólogo alemán Rudolf Virchow, que por entonces contaba con tan solo veinticuatro años, tuvo una paciente muy similar al pizarrero. Su paciente fue una mujer de 50 años que se quejaba de fatiga, sangrado nasal, hinchazón de las piernas y el abdomen. Se hizo lo que se pudo, pero desgraciadamente la misteriosa enfermedad se la llevó a la tumba inexorablemente cuatro meses después. Virchow era patólogo y realizó la autopsia a la mujer. Observó que el bazo y el hígado estaban agrandados (lo que se llama hepatoesplenomegalia) y en el bazo había densas acumulaciones de glóbulos blancos. Aquí viene lo más interesante, los vasos sanguíneos de la mujer estaban llenos también de un material similar al pus, estaban llenos de glóbulos blancos. Quizás ni fuese necesario el microscopio para verlo de la cantidad que había.




Virchow era perfectamente consciente del caso que poco antes había llevado Bennett. Conocía la opinión de aquel de que la enfermedad se debía a una "supuración espontánea" de la sangre. Pero Virchow no estaba de acuerdo. Coincidían en que el problema se encontraba en la sangre, pero Virchow argumentaba que no había razón alguna para que la sangre se transformara espontáneamente en pus. ¿Su hipótesis? Qué la sangre de esos pacientes era anormal. Tenían algo distinto, algo cambiado para que los glóbulos blancos crecieran a semejante ritmo, superaban con creces a los glóbulos rojos. Por ello Virchow al principio describió tan enigmática enfermedad como "weisses Blut" (sangre blanca). En 1847, buscando un nombre más académico la denominó leucemia, de leukos en griego que significa, precisamente, blanco. 


Pocos años más tarde, Henry Fuller, un médico en el Hospital de St George en Londres describió el primer caso de la leucemia infantil. En 1852, Bennett publicó la primera recopilación de datos de 35 casos de leucemia o casos que pudieran sugerir la leucemia. Algunos años antes de Bennet, Alfred François Donné ya había identificado una enfermedad similar a la de Bennett y Virchow y la catalogó como desconocida; un famoso cirujano llamado Alfred-Armand-Louis-Marie Velpeau había descubierto un caso de leucemia en 1827. Pese a las descripciones anteriores fue Bennett quien grabó la leucemia en la historia de la medicina al atribuirle el verdadero origen de la enfermedad: algo pasaba en la sangre. Bennett lo llamó "supuración de la sangre". Virchow completó el trabajo del descubrimiento de la leucemia al sugerir, no una supuración espontánea, sino que la sangre misma era el problema, algo anormal había en ella para que supurase.


Virchow continuó con su asombrosa carrera y describió el concepto de neoplasia como un crecimiento inexplicable y distorsionado (las células neoplásicas no son iguales a las normales). Neoplasia maligna es sinónimo de cáncer. A veces puedes no entender por qué los científicos se empeñan en poner nombre a todo; si es tu caso aquí entenderás el por qué. Los patólogos que estudiaron posteriormente a Bennett y Virchow la leucemia, la describieron ya como una neoplasia, es decir, un cáncer en el que algunos tipos de glóbulos blancos proliferaban de forma anormal. La leucemia era un cáncer de forma líquida.


Gracias a los trabajos de todos ellos, el estudio de la leucemia dio un salto de gigante y a comienzos del siglo XX ya se habían descrito numerosas formas de leucemia y se había fijado el problema de la leucemia en las células troncales de las que surgen las células que forman la sangre, en la médula ósea.


ENLACES:

BIBLIOGRAFÍA:
  • Bennett JH. Case of hypertrophy of the spleen and liver in which death took place from suppuration of the blood. Edinb Med Surg J. 1845;64:413-423.
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  • Mukherjee, Siddhartha. The Emperor of All Maladies: A Biography of Cancer. Fourth Estate. 2011.
  • Peter H. Wiernik (2003). Neoplastic Diseases of the Blood. Cambridge University Press.
  • Thomas, Xavier. First contributors in the history of leukemia. World J Hematol 2013 August 6; 2(3): 62-70