26 de junio de 2014

Un verdadero caos: Cardano vs. Tartaglia

"La naturaleza me ha dotado de un espíritu filosófico y apto para el cultivo de las ciencias; soy ingenioso, elegante, decoroso, sensual, expeditivo, piadoso, fiel, amigo de la sabiduría, reflexivo, emprendedor, afanoso de saber, servicial, entusiasta, cavilador e inventivo. Todo lo he aprendido por mí mismo, ardo en deseos de ver milagros, soy taimado, astuto, amargado, iniciado en el misterio, sobrio, trabajador, descuidado, charlatán. Siento desprecio por la religión, soy vengativo, envidioso, triste, pérfido, traicionero, me gustan la magia, los encantamientos; me siento desdichado, soy cruel con los míos, retraído, antipático, severo, adivino, celoso, chismoso y amigo de pullas, calumniador, complaciente y voluble: tales son las grandes contradicciones de mi carácter y de mis costumbres."
Esta frase traza un perfil del que solo podemos decir que es un verdadero caos. Lo escribió, hablando sobre si mismo, Gerolamo Cardano. Cardano fue médico, filósofo y matemático. Un verdadero personaje del Renacimiento cuyo nombre sale a relucir al leer la historia de varias ciencias. Fue un reputado médico y enseñaba con 22 años los Elementos de Euclides. Le gustaba la pseudociencia de la astrología y escribió el horóscopo de Jesús, una ofensa que no fue perdonada por la Iglesia Católica que lo condenó, fue a la cárcel y tuvo que abjurar. Parece que era adicto a las disputas, y varias de éstas las tuvo con sus colegas. El final de un hombre tan caótico no iba a ser menos, según cuentan las crónicas, se suicidó  para que se cumpliese una profecía que él mismo había enunciado sobre la fecha de su muerte.


Si te pregunto un logro de las matemáticas en el Cinquecento italiano, lo tendrás muy fácil. Sin duda el mayor de ellos fue la resolución de las ecuaciones de tercer grado. Ahora sabemos que fue Scipione del Ferro el que halló la solución. Sin embargo, también es reconocido por este mérito el matemático italiano Niccolo Fontana (apodado Tartaglia) al haber sido quien más explicó y desarrolló las soluciones.

En la historia de la ciencia tenemos, al igual que en las novelas de caballería que tanto odiaba Cervantes, duelos. Un apasionado duelo (aunque sin lanzas ni caballos) fue el que disputaron Tartaglia y Cardano. Cardano, ya lo confesaba él, era un pícaro y amigo de pullas. Una calurosa tarde italiana asistió a un torneo matemático entre Tartaglia y un discípulo de Ferro. Ganó Tartaglia, pero su alegría duraría poco: Cardano consiguió que le confiara el modo de resolver un tipo de ecuación de tercer grado (x^3+ax=b) después del torneo y, sin vacilar, publicó la solución en su gran libro Ars Magna (1545). Hubo un escándalo entre los intelectuales de la época, y todo se saldó con otro duelo, esta vez entre Tartaglia, quien afirmaba (con razón) ser el verdadero descubridor del método, y un discípulo de Cardano. Sorprendentemente, a veces la historia nos juega malas pasadas, ganó el discípulo de Cardano. Este, por cierto, se llamaba Ferrari y descubriría posteriormente la solución a las ecuaciones de cuarto grado. El pobre Tartaglia perdió sus derechos sobre el método que tanto le había costado desarrollar.

Cardano, por su parte, se dedicó a ejercer la medicina y a seguir trabajando en artimética y geometría. Cuentan también que uno de sus vicios eran los juegos de azar. Y la estadística le debe mucho a su vicio pues escribió un opúsculo titulado Sobre el juego de dados, donde, gracias a su experiencia, trata matemáticamente los lanzamientos de dados contribuyendo al desarrollo del campo de la probabilidad.

Un último apunte docente para acabar la brevísima historia de Cardano y Tartaglia. Me hubiese gustado que alguno de mis profesores de matemáticas, al explicarnos el aparentemente árido mundo de las ecuaciones de tercer grado, se hubiese acordado del duelo entre Cardano y Tartaglia. Tal vez, incitando a los alumnos a batirse en duelo (matemático, por supuesto) les sea más agradable recordar el desarrollo de las ecuaciones de tercer grado.

Borja.

BIBLIOGRAFÍA:
García Font, Juan. (1968). Historia de la ciencia. Ediciones Danae. 3ª ed.