LIBRO: Mitología del firmamento de Eratóstenes

LB00006901En el siglo III a.e. c. vivía en Alejandría un hombre muy especial. Alguien le apodó Beta, la segunda letra del alfabeto griego, por ser en todo el segundo mejor del mundo. Pero merecería el apodo de Alfa: fue desde astrónomo hasta historiador, pasando por filósofo, geógrafo, matemático o poeta. También dirigió la Biblioteca del Museum, conocida como Biblioteca de Alejandría, el maravilloso lugar donde se custodiaba todo el conocimiento que la humanidad había alcanzado hasta entonces. Pero si por algo ha pasado a la historia Eratóstenes (Cirene, 276 a. e. c. – Alejandría, 194 a. e. c.) es por ser el primero en medir la circunferencia terrestre. Partiendo de una observación llegó a la conclusión experimental de que la Tierra era esférica, y calculó con una gran exactitud su circunferencia. La historia de Eratóstenes destaca porque tuvo la agudeza de experimentar para demostrar, esto en principio parecía fútil en comparación con el método de desarrollar teóricamente el conocimiento de la naturaleza, pero quedará sin duda grabado con fuerza en la historia de la ciencia. Partiendo de la observación como base y empleando como herramientas palos y sombras, sus conjeturas cambiaron el mundo; en cierto sentido, como dice Carl Sagan en Cosmos, hicieron el mundo.

Ya sabemos que Beta fue un erudito. Además de poder degustar leyendo todos los escritos guardados en la Biblioteca que dirigía, también escribió. Obras como Sobre la libertad ante el dolor o varios tratados de Astronomía. Entre estos libros se encuentra Mitología del Firmamento. Aquí Eratóstenes se propone resumir, tal vez inspirado por el afán recolector de cultura de la Biblioteca, el conocimiento que la humanidad tenía acerca de las constelaciones. Dueños de un riquísimo patrimonio de personajes mitológicos, cuando los antiguos griegos alzaron sus ojos sobre el horizonte, debieron observar que ciertas agrupaciones de estrellas se asemejaban por su disposición a algunos de estos seres. No es de extrañar. Nuestro encéfalo es una poderosa máquina de reconocimiento de caras y formas. Se entiende perfectamente cómo al otear el cielo nocturno, lo primero que brota es nombrar aquello que vemos como lo que conocemos. De esta forma quedaron plasmados en el cielo los protagonistas de la saga mitológica de la antigua Grecia. En este libro Eratóstenes relata 44 historias cuyos protagonistas son, según la mitología griega, aquellos que se transformaron en astros: seres divinos, personajes heroicos, mundanos mortales e incluso objetos inmateriales. Los griegos llamaron a este proceso catesterismo. En este libro, Eratóstenes nos cuenta 44 catasterismos.

Casiopea al creerse más bella que las Nereidas sufrió, como castigo ante su osadía, tener que abandonar la Tierra y marcharse al firmamento. Es un ejemplo de algunos de estos relatos, que no dejan de ser literatura mitológica, pero con gran relación con la astronomía actual. Y no solo la nomenclatura. Los griegos observaron que en el tapiz del cielo nocturno, Perseo (un semidiós fundador de la ciudad de Micenas al que dedicaron una constelación) sostenía en su mano la cabeza con la pétrea mirada de Medusa, que guiñaba uno de sus ojos cada dos días. Terrible, pues Medusa convertía en piedra (aunque Perseo lo evitó sabiamente) a aquellos que la miraban fijamente. En este caso, las observaciones griegas fueron fascinantemente precisas, con una agudeza equiparable a Eratóstenes midiendo la Tierra. ¡Es cierto que Medusa guiña su ojo!

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Caminar por Florencia es fascinante. Si llegas, después de atravesar el puente Vecchio, a la Piazza della Signoria y miras de frente al palacio Vecchio, en tu derecha te encontrarás con una reproducción de la estatua de Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa. Los griegos vieron esto en el cielo nocturno y se fijaron en que Medusa les guiñaba el ojo. Hoy sabemos que el ojo de la cabeza de Medusa es en realidad el sistema binario Algol (antes llamada Beta Persei, hasta que se descubrió que era un sistema binario, no una única estrella). Algol es una binaria eclipsante (en realidad son tres, pero solo dos se eclipsan), es decir, un sistema de dos estrellas cuyo plano orbital parece desde la Tierra, debido a la perspectiva, que forma eclipses. La estrella más débil, llamada Algol B, pasa frente a la estrella más brillante, Algol A, una vez por órbita, y la cantidad de luz que llega a la Tierra disminuye temporalmente. Hoy sabemos que el ojo de la cabeza de Medusa que sostiene Perseo en el firmamento emite “guiños” debidos a intermitentes eclipses que se repiten en ciclos de 2 días, 20 horas y 40 minutos. Fue el gran astrónomo William Herschel (descubridor de Urano y padre del también astrónomo John Herschel) el descubridor de los sistemas binarios, observados mucho antes por los griegos. Herschel extendió la teoría gravitacional de Newton fuera del Sistema Solar: las binarias se sostenían también gracias a la gravedad.

Toda la naturaleza, para los griegos, estaba formada de dioses y demonios, acompañados de una retahíla de seres míticos. Esta idiosincrasia, a pesar del raciocinio impulsado por algunos presocráticos, formó parte de la historia de la antigua Grecia. Y a través de sus observaciones en la oscuridad de las estrellas, sus viejas historias forman parte de nuestra cultura.  La idiosincrasia griega quedó proyectada para siempre en el cielo nocturno. Eratóstenes, Beta, elabora relatos que sirven para entender el proceso cultural griego y el inicio, la puesta en marcha, de la observación astronómica.

BIBLIOGRAFÍA:
  • Eratóstenes (1999). Mitología del firmamento (Catasterismos). Alianza Editorial, Madrid. 
  • Sagan, Carl. (1980). Cosmos. Editorial Planeta.
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