3 de mayo de 2014

Anécdota Russelliana

En la cuna de toda ciencia yacen teólogos
 extinguidos, como las serpientes estranguladas junto
 a la cuna de Hércules.
 T. H. Huxley, biólogo británico, en Darwiniana.

Hemos visto el círculo superior de la espiral de
 poderes. Hemos llamado Dios a ese círculo. Le
hubiésemos podido dar cualquier otro nombre:
 Abismo, Misterio, Oscuridad absoluta, Luz absoluta,
 Materia, Espíritu, Esperanza última, Silencio.
 Nikos Kazantakis, novelista y poeta griego, en La última tentación de Cristo.

Bertrand Russell fue, además de un insigne filósofo y matemático, un convencido pacifista. Estuvo en la cárcel en numerosas ocasiones por participar en manifestaciones contra la guerra, ¡su última detención cuando contaba con 90 años! Algo nada desdeñable.

Nosotros, desde nuestro balcón fuera de su tiempo, podemos mirar sus protestas de forma condescendiente y relativas a los tiempos en los que vivía. Hacerlo entraña un riesgo: los que nos sucedan harán lo propio con nosotros y nuestras luchas. No puedo dejar de citar la conocida —y tan terrible como cierta— expresión del historiador inglés E. P. Thomson "la enorme condescendencia de la posteridad". Russell nos enseñó filosofía, matemáticas y a no permanecer neutrales. No hay relativismo.

Mucho antes de protestar contra el uso de armas nucleares y crear el famoso manifiesto Russell-Einstein, se opuso férreamente a la participación de Gran Bretaña en la Primera Guerra Mundial. En aquella ocasión fue detenido por dar consejos a los jóvenes sobre cómo evitar el servicio militar obligatorio, y dio pie a una famosa anécdota:

En aquella época era habitual en Gran Bretaña (hoy lo sigue siendo en muchos lugares) preguntar la religión del reo que se disponía a ingresar en la cárcel. Supongo que si las penas divinas eran distintas, también debían serlo las mundanas. Junto con otros muchos controles de seguridad, se incluía el responder a esta pregunta. Siguiendo la costumbre, un funcionario de la prisión amablemente preguntó a Russell cual era su religión, y Russell respondió “agnóstico”. Cuentan que el filósofo tuvo que deletrearle la palabra. El funcionario de prisiones se quedó brevemente dubitativo hasta que en su cara se dibujó la condescendencia. Miró a Russell, movió la cabeza y dijo: “Hay muchas religiones distintas, pero supongo que todos adoramos al mismo Dios.”

El propio Russell comenta años después la manera en que ese comentario inocente le alegró algunos días en la prisión. Yo diría que le alegró bastante pues consiguió escribir toda la Introducción a la filosofía matemática durante su estancia carcelaria.


En un texto de Carl Sagan titulado “El sermón dominical” e incluido en su libro El cerebro de Broca, Carl hace una reflexión que da pie a la citada anécdota de Russell:
En estos días suelo dar conferencias científicas ante audiencias populares. En algunas ocasiones me preguntan sobre la exploración planetaria y la naturaleza de los planetas; en otras, sobre el origen de la vida y la inteligencia en la Tierra; en otras todavía, sobre la búsqueda de vida en cualquier lugar; y otras veces, sobre la gran perspectiva cosmológica. Como esas conferencias ya las conozco por ser yo quien las doy, lo que más me interesa en ellas son las preguntas. Las más habituales son relativas a objetos volantes no identificados y a los astronautas en el principio de la historia, preguntas que en mi opinión son interrogantes religiosos disfrazados. Son igualmente habituales, especialmente después de una conferencia en la que hablo de la evolución de la vida o de la inteligencia, las preguntas del tipo: "¿Cree usted en Dios?". Como la palabra Dios significa cosas distintas para distintas personas, normalmente pregunto qué entiende mi interlocutor por "Dios". Sorprendentemente, la respuesta es a veces enigmática o inesperada: "¡Oh! Ya sabe usted, Dios. Todo el mundo sabe quién es Dios", o bien, "Pues una fuerza superior a nosotros y que existe en todos los puntos del universo". Hay muchas fuerzas de ese tipo, contesto. Una de ellas se llama gravedad, pero no es frecuente identificarla con Dios. Y no todo el mundo sabe a lo que se hace referencia al decir Dios. El concepto cubre una amplia gama de ideas. Alguna gente piensa en Dios imaginándose un hombre anciano, de grandes dimensiones, con una larga barba blanca. sentado en un trono en algún lugar ahí arriba en el cielo, llevando afanosamente la cuenta de la muerte de cada gorrión. Otros —por ejemplo, Baruch Spinoza y Albert Einstein— consideraban que Dios es básicamente la suma total de las leyes físicas que describen al universo. No sé de ningún indicio de peso en favor de algún patriarca capaz de controlar el destino humano desde algún lugar privilegiado oculto en el cielo, pero sería estúpido negar la existencia de las leyes físicas. Creer o no creer en Dios depende en mucho de lo que se entienda por Dios.
A lo largo de la historia, ha habido posiblemente miles de religiones distintas. Hay también una piadosa creencia bien intencionada, según la cual todas son fundamentalmente idénticas. Desde el punto de vista de una resonancia psicológica subyacente, puede haber efectivamente importantes semejanzas en los núcleos de muchas religiones, pero en cuanto a los detalles de la liturgia y de la doctrina, y en las apologías consideradas autenticantes, la diversidad de las religiones organizadas resulta sorprendente. Las religiones humanas son mutuamente excluyentes en cuestiones tan fundamentales como: un dios o muchos, el origen del mal, la reencarnación, la idolatría, la magia y la brujería; el papel de la mujer, las proscripciones dietéticas, los ritos mortuorios, la liturgia del sacrificio, el acceso directo o indirecto a los dioses, la esclavitud, la intolerancia con otras religiones y la comunidad de seres a los que se debe una consideración ética especial.
BIBLIOGRAFÍA:
  • Thompson, E. P. (1989). La formación de la clase obrera en Inglaterra. Crítica.
  • Russell, Bertrand (1968). Autobiografía. Aguilar.
  • Sagan, Carl. (2009) El cerebro de Broca. Drakontos editorial.