6 de abril de 2014

Los científicos, exploradores natos del Universo


Mientras avanzas por el oscuro pasillo vas dejando atrás los chirridos del antiguo suelo de madera. Te acercas a la puerta y al asomar la cabeza al interior de la habitación ves una gran sala con una enorme esfera terrestre en su centro. Moquetas polvorientas, estanterías con anaqueles llenos de libros estropeados por el tiempo y bustos de personajes históricos rodean la esfera. Este lugar por el que acabas de pasear en tu imaginación se corresponde con la entrada de un vetusto edificio de ladrillos estilo gótico en la calle 70 este de Nueva York. Dentro de sus paredes el edificio está abarrotado de archivos y recuerdos de los grandes viajeros y exploradores del mundo.

El Club de los Exploradores de Nueva York fue fundado en 1904 para celebrar la exploración geográfica del mundo y (posteriormente) del espacio exterior. Durante todo el pasado siglo, entre sus miembros estaban Roald Amundsen (la primera persona en llegar al Polo Sur), Theodore Roosevelt, Ernest Shackleton, Richard Byrd (el aviador que surcaba la Antártida), Charles Lindbergh (el primer piloto en cruzar el océano Atlántico en un vuelo sin escalas), Edmund Hillary (la primera persona en conquistar la cima del Everest en 1953) y otros famosos aventureros. Ese viejo edificio del centro de Nueva York está atestado de banderas, aquellas que los exploradores colocan en las nuevas tierras descubiertas y que suelen retornar junto a ellos, y de historias de ríos, montañas, selvas, océanos y otros infranqueables lugares de nuestro pequeño planeta. Aquí dentro encontramos la evidencia palpable de aquella aseveración de Julio Verne en sus novelas de exploradores: "todo lo que un hombre pueda imaginar, otro podrá realizarlo". 

Pero a mediados del siglo XX hubo que incluir, entre estos herederos de la Compañía de las Indias Orientales -recordando la épica comparación de Carl Sagan en Cosmos- a los astronautas. Han sido miembros, entre otros muchos, John Glenn, Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Como aquellos exploradores, el trabajo de un astronauta es peligroso pero a la vez fascinante, maravilloso, cautivador, sobrecogedor, y cuantos sinónimos busquemos. Observar la Tierra a 400 km de altura y a casi 30000 km/h de velocidad (cuando estamos dentro de la Estación Espacial Internacional) seguro que produce una sensación equiparable -sino muy superior- a la que debió sentir Roald Amundsen cuando en 1911 se encontró cara a cara con la casi infinitud del blanco de la Antártida.

Cada año el club celebra una cena en el Waldorf Astoria. Los invitados no pueden acudir de cualquier manera: el atuendo ha de ser formal, y a los asistentes se les pide que porten todas las medallas que hayan recibido en sus pasadas hazañas. La indumentaria debe ser formal en el sentido de un explorador, pues se incluyen collares con cráneos de coyotes y otros atuendos de lo más peculiares. La comida también está a la altura: durante años el menú era una singular muestra de todo aquello que los exploradores, en situaciones extremas como las que ellos vivían día a día, podían verse obligados a comer: arañas confitadas, hormigas fritas, escorpiones tostados, saltamontes asados, peces exóticos, cocodrilos asados, y muchos más alimentos variopintos. 



El biólogo estadounidense Edward O. Wilson cuenta en su reciente y recomendable libro Cartas a un joven científico por qué los científicos son los exploradores de todo lo desconocido del Universo. Para ejemplificarlo recuerda el año 2004, momento en el que fue elegido miembro honorario del Club de los Exploradores, una distinción que solo se otorga a un puñado de hombres y mujeres. Y también viaja al año 2009 cuando recibió el que está considerado el mayor galardón del club: la Medalla del Club de los Exploradores. Si conoces un poco de la biografía y la obra de E.O. Wilson sabrás que es biólogo especializado en mirmecología, el estudio de las hormigas. Sabrás que no ha escalado el Everest ni una montaña con menos metros. No ha descubierto nuevos poblados indígenas ni ha viajado a través del Amazonas o de la Antártida. Ni tan siquiera ha viajado a la Luna. El motivo, según él mismo nos cuenta en el libro, es la ciencia



La junta directiva del club de exploradores amplió el concepto de lo que queda por explorar en nuestro planeta: ya no hay lugares totalmente inexplorados, aunque solo sea porque contamos con satélites que podrían recorrer casi cada palmo de la superficie terrestre. Ha pasado bastante tiempo desde que Robert Parry y Matthew Henson conquistaron el Polo Norte o desde que Roald Amundsen y Robert Falcon Scott con sendos equipos llegaron, siguiendo caminos diferentes y con 34 días de diferencia, al Polo Sur. ¿Queda algo sin explorar sobre la Tierra? La respuesta que dieron en el Club de Exploradores fue su biodiversidad, la biosfera: la gran variedad de plantas, animales y microorganismos que envuelven casi cualquier rincón del planeta. Se han encontrado, descrito y nombrado con las dos características palabras en latín (que nombran género y especie) a la mayoría de plantas con flores, aves y mamíferos, pero, como nos recuerda el autor, gran parte de las especies de otros grupos de organismos están todavía por descubrir. Las ganas de explorar el mundo no diferencian a aquellos exploradores cuyas hazañas viven en ese viejo edificio de Nueva York de los científicos, ávidos por descifrar y experimentar con el mundo que les rodea. Prosigue E.O. Wilson:
El lunes 3 de julio de 2006, el Club de los Exploradores realizó su primera "expedición" para explorar la biodiversidad. Se unió al Museo Americano de Historia Natural y a otras organizaciones locales interesadas por la naturaleza para efectuar un bioblitz (término que deriva de blitzkrieg, guerra relámpago) en el Central Park de la ciudad de Nueva York. Los bioblitzes son actividades en las que expertos en todo tipo de organismos, desde las bacterias a las aves, se reúnen para encontrar e identificar tantas especies como sea posible durante un período de tiempo determinado, por lo general veinticuatro horas. La finalidad de aquel día era presentar al público el concepto de que incluso un área urbana muy visitada bulle con la diversidad de la vida. Al final del día, los 350 voluntarios inscritos habían registrado (y recuerda que esto ocurría en la ciudad de Nueva York) 836 especies, que incluían 393 plantas y 101 animales; entre estos había 78 especies de polillas, 9 de libélulas, 7 de mamíferos, 3 tortugas, 2 ranas y 3 tardígrados, microscópicos y de aspecto de oruga, animales muy enigmáticos y raramente estudiados en alguna parte del mundo. Los tardígrados se habían registrado por primera vez en el Central Park. Posteriormente se determinó que una de las especies de rana era nueva para la ciencia y que solo se encuentra en la ciudad de Nueva York y sus alrededores.
Los científicos sin duda son exploradores natos del Universo y todo lo que contiene.

NOTA:
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ENLACES:
BIBLIOGRAFÍA:
  • Allen, Joseph P. (1986). Odisea de un astronauta. Editorial Reverte.
  • Ben Sherwood. (2010). El Club De Los Supervivientes. Ediciones Paidós.
  • Wilson, Edward O. (2014). Cartas a un joven científico. Debate.
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