26 de enero de 2014

El desvanecimiento de las certezas medievales

Si eres poseedor de eso que se acostumbra a llamar "la verdad", lo tienes muy fácil en los debates y las disputas. Simplemente tienes razón. No hace falta que te enfades o siquiera que intentes argumentar contra tu oponente: recuerda, él está equivocado y tú no.

¿Por qué se enfadaron tanto los opositores de Galileo? A fin de cuentas ellos tenían (o creían que tenían) la verdad. No albergaban dudas importantes. Al haber estudiado a Aristóteles y la Biblia sabían perfectamente cómo se creó el mundo, cómo y por qué aparecieron los seres humanos sobre la Tierra y cómo serían las últimas horas de éstos antes del fin de los tiempos. Los misterios más profundos de la física y metafísica habían sido, por fin, resueltos.

No quedaba nada por saber ni en el terreno físico ni moral, nada oculto. Todos esos conocimientos habían sido objeto de tesis, estudios, reflexiones y libros. No podían estar equivocados. Tantos hombres doctos no podrían haber errado durante cientos de años, máxime teniendo como faro la luz de Aristóteles y el brillo de la Biblia.


Frente a ese poderoso cuerpo de conocimientos que todo lo podía, el irreverente y disciplinado Galileo, y sobre todo sus discípulos, sólo tenían migajas de certeza: conocían una ley de la caída de los cuerpos, una teoría del péndulo y los datos de Kepler. Y sin embargo, en vez de tomarlo por ignorante, en vez de ridiculizar sus pobres conocimientos y dejar que se entretuviese con sus infantiles experimentos, en vez de caricaturizar su ignorancia respecto a la caída libre de los cuerpos y al modelo geocéntrico, lo acusaron, intimidaron e hicieron patéticamente todo lo posible en su mano para que las enseñanzas de Galileo fuesen censuradas.

Estaban preocupados por el florecer de doctrinas heréticas en la época, pero eso no lo justifica. El miedo a otro cisma no lo justifica, al fin y al cabo las especulaciones de Galileo nada podrían hacer contra los poderosos dogmas, la gente se daría cuenta de las estupideces del científico florentino, pues al fin y al cabo no era la lucha entre dos dogmas.

Entonces, ¿si sus verdades eran tan seguras como presumían, por qué las humildes observaciones y los pequeños experimentos de Galileo les molestaron tanto? ¿Acaso el experimento era un método tan válido como la revelación para intentar hallar "la verdad"? El propio Galileo se lo preguntaba.

En El panorama de la ciencia, un libro muy recomendable del filósofo Bertrand Russell, se puede leer al respecto:
El conflicto entre Galileo y la Inquisición no es meramente el conflicto entre el libre pensamiento y el fanatismo, o entre la ciencia y la religión; es un conflicto entre el espíritu de inducción y el espíritu de deducción. Los que creen en la deducción como método para llegar al conocimiento se ven obligados a tomar sus premisas en alguna parte, generalmente en un libro sagrado. La deducción procedente de libros inspirados es el método de llegar a la verdad empleado por los juristas cristianos, mahometanos y comunistas. Y puesto que la deducción, como medio de alcanzar el conocimiento, fracasa cuando existe duda sobre las premisas, los que creen en la deducción tienen que ser enemigos de los que discuten la autoridad de los libros sagrados. Galileo discutió a Aristóteles y a las Escrituras, y con ello destruyó todo el edificio del conocimiento medieval. Sus predecesores sabían cómo fue creado el mundo, cuál era el destino del hombre y los más profundos misterios de la metafísica, y los ocultos principios que rigen la conducta de los cuerpos. En el universo moral y material nada era misterioso para ellos, nada oculto; todo podía ser expuesto en metódicos silogismos. Comparado con todo -este caudal, ¿qué les quedaba a los partidarios de Galileo? Una ley de los cuerpos que caen, la teoría del péndulo y las elipses de Kepler. ¿Puede sorprender, ante esto, que los eruditos protestasen a voz en grito de la destrucción de sus conocimientos, ganados tan laboriosamente? Así como el Sol naciente disipa la multitud de las estrellas, así las escasas verdades comprobadas por Galileo desvanecieron el firmamento centelleante de las certezas medievales.
Sócrates había dicho que él era más sabio que sus contemporáneos, porque él sólo sabía que no sabía nada. Esto era un artificio retórico. Galileo pudo haber dicho con verdad que no sabía gran cosa, pero sabía que sabía algo, mientras los contemporáneos de Aristóteles no sabían nada y pensaban que sabían mucho. El conocimiento, considerado como opuesto a las fantasías de realización de los deseos, es difícil de alcanzar. Un poco de contacto con el verdadero conocimiento hace menos aceptables las fantasías. Por regla general, el conocimiento es más difícil de lograr que lo que suponía Galileo, y mucho de lo que él creía era sólo aproximado; pero en el proceso de adquirir un conocimiento seguro y general, Galileo dio el primer paso. Por eso es el padre de los tiempos modernos. Cualquiera que sea lo que nos guste o nos disguste, de la edad en que vivimos —su crecimiento de población, su mejoramiento en sanidad, sus trenes, automóviles, radio, política y anuncios de jabón —, todo proviene de Galileo. Si la Inquisición le hubiese cogido joven, no podríamos ahora gozar de las delicias de la guerra aérea y de los gases envenenados, ni por otra parte, de la disminución de la pobreza y de las enfermedades, que son características de nuestra época.
Es costumbre entre cierta escuela de sociólogos menospreciar la importancia de la inteligencia y atribuir todos los grandes sucesos a grandes causas impersonales. Juzgo esto una completa ilusión. Creo que si cien de los hombres del siglo XVII hubiesen muerto en la infancia, no existiría el mundo moderno. Y de esos ciento, Galileo es el principal.
BIBLIOGRAFÍA:
Russell, Bertrand (1931). El Panorama Científico. Revista de Occidente.

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