Estadística al filo de la eternidad


Nuestros espectaculares encéfalos han sido formados por la selección natural para permitirnos evaluar la probabilidad y el riesgo en nuestras vidas. Es bastante útil calcular, más o menos, la probabilidad de que ese tigre que nos muestra sus colmillos no lo haga de manera amistosa. Desde luego no están construidos con ese fin de antemano, sino como resultado de una cadena de adaptaciones al medio en el que hemos vivido, así funciona la evolución por selección natural.

Nuestro sistema nervioso porta un completo maletín de herramientas que nos permiten hacer cálculos mentales de riesgo y probabilidades, dentro del rango de improbabilidad que es útil en la corta vida humana. Por ejemplo el cerebro "evalúa" riesgos como ser corneado por un búfalo si le atacamos, ser alcanzado por un rayo, o ahogarnos al cruzar a nado un río.


Si nunca has leído al escritor argentino Jorge Luis Borges te lo recomiendo encarecidamente. Marco Flaminio Rufo es el protagonista de uno de sus imperecederos cuentos, titulado precisamente El inmortal. Rufo descubre, a pesar de lo que muchos podrían pensar, que la inmortalidad es una condena eterna. Es la muerte la que da sentido a cada acto ante la posibilidad de ser el último. Un "te quiero" solo tiene sentido en el contexto de seres mortales, el "te quiero" inmortal es aburrido. La inmortalidad destruye todo el significado de lo verdaderamente humano.

¿Qué debería medir nuestro cerebro si viviésemos millones de años? Es difícil darse cuenta de lo diferente que sería. Richard Dawkins en uno de sus libros escribe:
Si fuésemos biológicamente capaces de vivir un millón de años, y quisiéramos hacerlo, evaluaríamos los riesgos de una manera diferente. Deberíamos acostumbrarnos, por ejemplo, a no cruzar las carreteras, porque si uno cruza una carretera cada día durante un millón de años, indudablemente será atropellado. La evolución ha equipado nuestros cerebros para evaluar las probabilidades sobre el trasfondo de la corta duración de la vida que podemos esperar. Si en algún planeta hubiera seres con una expectativa de vida de un millón de siglos, su proyección de los riesgos comprensibles se extendería mucho más lejos, hacia el extremo derecho del espectro continuo. Esperarían tener una mano de bridge perfecta de vez en cuando, y apenas si se molestarían en escribir a casa cuando eso ocurriera. Pero se acobardarían si una estatua de mármol les agitase una mano, porque hay que vivir dealions de años más, incluso, de lo que ellos viven, para presenciar un milagro de esta magnitud.
BIBLIOGRAFÍA:
  • Dawkins, Richard. (1989). El relojero ciego. Labor.