LIBRO: De la naturaleza de las cosas de Lucrecio

El poema en seis volúmenes de Tito Lucrecio Caro titulado De res natura o De la naturaleza de las cosas consiste en una maravillosa compilación de la obra y pensamiento de los primeros materialistas: Leucipo, Demócrito y Epicuro. Estos pensadores contribuyeron a la historia del conocimiento con un notable aporte: pensaron que el mundo podía estar compuesto de vacío y de unos elementos ínfimos e invisibles llamados átomos, los cuales se encontraban en perpetuo movimiento. Se deducía de aquí que fenómenos como las tormentas no eran sobrenaturales (ahora parece obvio, ¡pero a ver quien era el guapo que encontraba una explicación mejor!), que las ceremonias del culto a cualquier deidad eran poco más que un fútil entretenimiento, y, quizás la idea más importante para mí, no había que temer a la muerte: El alma, también estaba formada por átomos. Con la excusa de escribir a su amigo Memmio, Lucrecio revive la tradición atomista y antiteísta de su admirado Epicuro (quién decía que de existir los Dioses, estos no se preocupaban de los asuntos humanos) en un momento en el que Roma estaba sucumbida en plena restauración religiosa.

Desgraciadamente este poema es el único ejemplo de épica científica que nos ha llegado. Esta obra fue prontamente considerada como moralmente peligrosa y perniciosa tanto por la ortodoxia pagana como por la cristiana. De hecho, a comienzos de la época cristiana se persiguió furiosamente al atomismo, y únicamente sobrevivió de las llamas un manuscrito, del que derivan todas las actuales traducciones. Y su importancia es doble. No sólo habla del materialismo y de filosofía, sino que lo hace con un lenguaje poético digno de admiración. Pocas obras existen, a mi entender, en las que se aúnan con mas fuerza el grito de la razón y la voz de la poesía.

También me gustaría hablar un poco sobre las traducciones y ediciones del libro. Son muy variadas, las hay en verso y en prosa. La edición que he leído (Lucrecio, 2010) con introducción de Agustín García Calvo se corresponde con la traducción en verso del Abate Marchena (José Marchena y Ruiz de Cueto). Un buena traducción según los entendidos, pero en la que la palabra religio escrita originalmente por Lucrecio aparece como fanatismo, tal vez por obediencias a presión externa o manías personales. Esto es más importante de lo que parece, porque el objeto de ataque de Lucrecio no era el fanatismo (o no era exclusivamente el fanatismo), sino que atacaba  la religión astral de los estoicos y de las escuelas Platónicas y Aristotélicas que establecían tal religión como dogma de fe. Sobre esto, es conveniente leer la introducción a esta edición de García Clavo.

Es curiosa la actualidad del texto de Lucrecio (¡y eso que vivió en el siglo I a. e. c.!), ya que siguiendo con su espíritu disidente, hoy podríamos usar por ejemplo el fragmento que sigue (escrito originalmente para atacar la idea del fuego como arjé de Heráclito), contra las pseudociencias actuales. Me gustaría ver a Lucrecio 2000 años después atacando, no ya a Heráclito, sino, por ejemplo a  Samuel Hahnemann y su similia similibus curantur. Las pseudociencias nos contentan con un misterio, en vez de poner la lupa sobre él:
Y por esta razón los que creyeron
que el fuego era el origen de las cosas,
en un error grosero han incurrido.
Esta opinión Heráclito defiende
como primer caudillo, celebrado
por su obscura lenguaje entre los griegos
superficiales, más que por los sabios
que buscan la verdad: porque los necios
aman y admiran más lo que está envuelto
en misteriosos términos; su oreja
suavemente puede ser herida
y embelesada con gracioso ruido:
y el dulce halago a la verdad prefieren.

En contra de los castigos infernales (¡que poco después de su muerte se pondrían tan de moda!):

Y hallamos en la vida ciertamente
Cualquier horror que en Aquerón profundo
Dicen haber. El infelice Tántalo (1)
De espanto helado bajo enorme peña
Amenazante teme como es fama;
Vano temor de dioses irritados
E incertidumbre de futura suerte
Acongoja al varón supersticioso
Mucho más que ese trémulo peñasco.
Tampoco a Ticio en Aquerón tendido
Devoran aves; ni en su vasto pecho
Algo que escudriñar encontrarían
Por una eternidad seguramente;
Aunque nueve yugadas ocupasen
Sus miembros y su vasta corpulencia,
Ó aunque toda la tierra él ocupara:
Ni un eterno dolor sufrir podría,
Ni ser su cuerpo pasto perdurable:
Para nosotros es de cierto Ticio
Aquel a quien amor ha derribado;
Este es despedazado por las aves,
Y a éste consume pena roedora;
Ó rasgan los cuidados sus entrañas
De otra cualquier pasión con el deseo.
En la vida tenernos a la vista
Sísifo también, el cual se obstina
En pretender del pueblo las segures
Crueles y los fasces, se retira
Desatendido siempre y con tristeza:
El pretender el mando, que no es nada,
Sin conseguirlo nunca y de continuo
Sufrir duro trabajo por lograrlo,
Esto es mover la peña con ahínco
De un monte hacia la cima, la cual rueda
Sin embargo, otra vez; desde la cumbre
Busca precipitada las llanuras.
Estar apacentando siempre el hombre
A su alma colmándola de bienes
Sin hartarse jamás; ver de estaciones
La vuelta anual, y recoger los frutos;
Embriagarse en sus dulzuras varias,
Y con estas ventajas no saciarse,
Esto es a mi entender, según nos cuentan,
Echar el agua jóvenes doncellas
En vaso agujereado sin llenarle.
Empero ya las Furias y Cerbero,
Y tenebroso Tártaro, lanzando
Horribles llamaradas por sus bocas,
Ni existen, ni existir pueden de cierto.
Porque aquí los insignes malhechores
Con miedo igual a sus delitos pagan
Su merecido, y lastan sus maldades
La cárcel, y el horrible precipicio
De la roca Tarpeya, los azotes,
La tortura, la pez, columna, teas,
Láminas, y si faltan los verdugos,
Sobresaltada la conciencia misma
Su corazón desgarra a latigazos
Y martiriza con remordimientos.
La incertidumbre de futura suerte
No puede en tanto ver, ni sabe cuándo
Tendrán por fin un término sus males,
Y temen que se agraven en la muerte:
La vida es el infierno de los necios.

Contra la maldad de la religión (¡lo que quedaba todavía!):

Cuando la humana vida a nuestros ojos
Oprimida yacía con infamia
En la tierra por grave fanatismo [religión], (2)
Que desde las mansiones celestiales
Alzaba la cabeza amenazando
los mortales con horrible aspecto,
Al punto un varón griego osó el primero
Levantar hacia él mortales ojos
Y abiertamente declararle guerra:
No intimidó a este hombre señalado
La fama de los dioses, ni sus rayos,
Ni del cielo el colérico murmullo.
El valor extremado de su alma
Se irrita más y más con la codicia
De romper el primero los recintos
Y de Natura las ferradas puertas.
La fuerza vigorosa de su ingenio
Triunfa y se lanza más allá los muros
Inflamados del mundo, y con su mente
Corrió lo, inmensidad, pues victorioso
Nos dice cuáles cosas nacer pueden,
Cuáles no pueden, cómo cada cuerpo
Es limitado por su misma esencia:
Por lo que el fanatismo envilecido
A su voz es hallado con desprecio;
¡Nos iguala a los dioses la victoria!
Mas temo mucho en esto que te digo
Pienses acaso no te dé lecciones
De impiedad, enseñándote el camino
De la maldad: por el contrario, ¡oh Memmio!
De acciones execrables y malvadas
Fué causa el fanatismo muchas veces:
a la manera que en Aulide un tiempo
El altar de Diana amancillaron
Torpemente en la sangre de Ifigenia
La flor de los caudillos de los griegos,
Los héroes más famosos de la tierra:
Después que rodearon la cabeza
De la doncella con fatales cintas,
Que por ambas mejillas la colgaban:
Cuando vio que su padre entristecido
Estaba en pie del lado de las aras,
Y junto a él tapando los ministros
El cuchillo, y que el pueblo derramaba
En su presencia lágrimas a mares;
Muda de espanto, la rodilla en tierra
Como una suplicante desgraciada,
No la valía en tan fatal momento
Haber dado al monarca la primera
De padre el nombre; porque arrebatada
Por varoniles manos, y temblando,
Fue llevada al altar, no como hubiera
En himeneo ilustre acompañada
Ido a las aras con solemne rito;
Antes, doncella,- en el instante mismo
De sus bodas cayese degollada
A manos de su padre impuramente,
Como infelice víctima inmolada
Para dar a la escuadra buen suceso:
¡Tanta maldad persuade el fanatismo [la religión]! (Ver también la nota 2).

Es curioso leer las explicaciones a muchos fenómenos de la naturaleza, que inundan las últimas partes de la obra. Si bien son completamente (o prácticamente) erróneas, sí crean un importante precedente: Lucrecio intenta explicar dichos fenómenos desde la propia naturaleza, desde su materialismo. En este fragmento explica el origen de las nubes:

Los nublados se forman cuando muchos.
Angulosos corpúsculos, volando
Sin cesar en la atmósfera, se juntan
Entre sí de repente, y se condensan
A pesar de sus débiles uniones:
Sólo son al principio nubecillas;
Empero todas juntas apiñadas,
Y entre sí reunidas, van creciendo,
Y los vientos las llevan de manera
Que nace de ellas tempestad furiosa.
Y cuanto más vecinas a los cielos
Tienen también sus cumbres las montañas,
Tanto más una niebla amarillenta
Y una especie de horno siempre espeso
Las obscurece; porque cuando empiezan
A tomar consistencia los nublados,
Sin que puedan aún verlos los ojos,
Los vientos los conducen y aglomeran
Sobre la cima de elevado monte:
Cuando, por fin, después se reunieron
En mucho mayor número apiñados,
Condensados los vemos elevarse
Desde la húmeda cumbre por los aires:
Puesto que la razón y la experiencia
Dicen ser el teatro de los vientos
Aquellos sitios que hay más elevados.
Además quita la Naturaleza
También muchos corpúsculos de encima
De todo el mar, como nos lo declaran
Las ropas que tendemos en la playa
Poniéndose mojadas: luego es claro
Que contribuyen las emanaciones
De este salado fluido agitado
Al acrecentamiento de las nubes.
Vemos también que de los ríos todos
Y de la misma tierra se levantan
Unas nieblas y cálidos vapores
Cuyas exhalaciones se remontan
Por el aire, y los cielos obscurecen,
Y con sus reuniones ¡insensibles
Forman espesas nubes, pues las olas
De la substancia etérea las empujan
Por la parte de arriba, y condensadas
Cubren casi las bóvedas azules.
Puede también que vengan de otros mundos
a reunirse en éste aquellos cuerpos
Que forma los nublados y tormentas:
Porque te he dicho que es innumerable
El número de átomos, y el todo
Ser también profundísimo: no ignoras
De cuánta ligereza están dotados
Los átomos, y cuán rápidamente
Suelen correr espacio inmensurable;
Por lo que no es extraño que al momento
Cubran la tempestad y las tinieblas
Colgadas en el aire mar y tierra,
Y las montañas; pues los elementos
Encuentran siempre entradas y salidas
Por donde quiera en todos los conductos
Del éter, y por todas las lumbreras
Del mundo, por decirlo de este modo.
Contra las causas finales:
Debes siempre evitar lo más que puedas
Entre otros un error: pensar no debes
Que fue criada para ver tan sólo
La órbita brillante de los ojos:
Y las móviles piernas y los muslos
Sobre la base de los pies alzados,
Porque alargar pudiéramos los pasos,
Y con robustos músculos los brazos
Y que una y otra mano fueron dadas
Para poder buscarnos lo preciso.
El orden respectivo de las causas
Y de efectos ha sido trastornado
Con interpretaciones semejantes:
Pues no han sido formados nuestros miembros
Para servicio nuestro: los usamos,
Porque hechos nos los hemos encontrado:
La vista no nació antes que los ojos;
La lengua fue criada antes que el habla,
La lengua fue mucho antes que el lenguaje.
Los oídos también fueron criados
Mucho antes que se oyeran los sonidos
Y en fin, todos los miembros existieron
Antes de que se usaran, según pienso:
No es la necesidad la que los hizo.

Entre la inmensa cantidad de versos nada despreciables, me quedo con esta estrofa del Libro II. Una verdadera exaltación de la Filosofía y la Ciencia.
[...]
Así como los niños temerosos
se recelan de todo por la noche,
así nosotros, tímidos de día
nos asustamos de lo mismo a veces
que despavorir suele a los muchachos.
Preciso es que nosotros desterremos
estas tinieblas y estos sobresaltos,
no con los rayos de la luz del día,
sino pensando en la naturaleza.

Si os interesan la ciencia y la filosofía, deberías leer este clásico. Además si queréis profundizar en la relación entre Lucrecio y la Física moderna os recomiendo el libro El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio de Michel Serres.

BIBLIOGRAFÍA:
Lucrecio (2010). De la naturaleza de las cosas. Editorial Cátedra. 7ª ed. ISBN13: 9788437604138

NOTAS:
(1) Sobre el mito de Tántalo y su influencia en la química, ver el artículo: El químico suplicio de Tántalo
(2) ... por grave fanatismo es la traducción de grave sub religione. Como ya dije antes, Marchena traduce religio por fanatismo.