18 de septiembre de 2012

El amor como fruto de la evolución

Uno de los aspectos que diferencia a los seres humanos (a los Homo sapiens) del resto (o al menos de la mayoría, por ejemplo excluyendo a las aves) de otros animales es que el acto de la procreación, no es un acto "vacío de sentimientos" sino más bien un acto lleno de complicaciones emocionales. Los Homo sapiens cuentan con una fabulosa herramienta evolutiva llamada amor, que si bien nos puede provocar el éxtasis, también nos puede hundir en la desesperación.


El amor, obviamente, es fruto de la evolución, como lo es un brazo, el razonamiento lógico, un páncreas, las histonas o la retrotranscriptasa de algunos virus. En este artículo hablo sobre la teoría de la antropóloga e investigadora del comportamiento humano Helen Fisher de la Universidad de Rutgers (New Yersey, EEUU) acerca del origen del "amor".

Según esta teoría, dos de los rasgos más característicos del primate al que Desmond Morris conoce como Mono Desnudo (el Ser Humano), son la bipedestación y el gran tamaño cerebral, que lo diferencian del resto de primates. Pues bien, según los estudios realizados por Helen Fisher el bipedalismo y el gran tamaño cerebral contribuyeron decisivamente a la aparición del "amor".

En primer lugar vamos con la bipedestación. Caminar erguidos implicaba que las madres de los homínidos primitivos tenían que llevar a sus crías en brazos o apoyados en la espalda. Para ello son necesarias las manos, lo que impide que queden libres para recoger alimentos o cuidar a los cachorros. Por ello las madres necesitarían "procurarse" la protección de un compañero que les suministrase alimento y las protegiera de los peligros que acechan constantemente. Es muy posible que, a diferencia de lo que sucede en la actualidad con el Homo sapiens, homínidos como el Australopithecus afarensis (que andaban sobre la Tierra hace unos 3,2 millones de años), sólo mantuviesen esta relación cooperativa entre el macho y la hembra durante unos pocos años, el tiempo necesario para que las crías pudiesen seguir a sus madres por su propio pie. Después quedaban libres para volver a emparejarse y volver a criar nuevos retoños. Hasta aquí el papel que podría haber jugado el bipedismo en las relaciones sentimentales.

Ahora entra en el juego el aumento del tamaño craneal, evolucionado hace más de un millón de años. La pelvis humana estaba adaptada al bipedismo e imponía un límite obvio al tamaño de la cabeza del recién nacido (la anchura de la pelvis de la madre). Además las exigencias de la locomoción vertical sentenciaron a las hembras de nuestra especie a un (por lo general) doloroso parto de varias horas. Entonces la selección natural salió al rescate. Para poder tener un volumen craneal mayor, el nacimiento de la cría debía producirse en un menor grado de desarrollo de ésta. Por ello los bebés humanos nacen en un estado de desarrollo más temprano que el de resto de primates y mamíferos en general, y su "infancia" o crecimiento tanto físico como intelectual se prolonga durante una larga etapa de sus vidas, a diferencia, de nuevo, del resto de primates. Por ello, los antepasados humanos se habrían valido de esas relaciones sentimentales surgidas anteriormente entre los padres ampliándolas y sofisticándolas.

Desmond Morris por su parte también habla (Morris 1967) de que para favorecer la existencia de las relaciones sentimentales, la evolución permitió ampliar la capacidad de disfrute del sexo en la especie humana: el pene humano es el más grande de los primates, el orgasmo femenino es único también entre los primates, el tamaño de los senos, etc. La gran cantidad de cópulas entre una pareja humana no se debería a la mera función reproductiva (puesto que lo lógico sería que la hembra humana sólo copulase en el momento de la ovulación), sino al refuerzo del lazo conyugal. Evolutivamente no hay motivo para pensar que la selección natural no favoreciera las cópulas que no fuesen estrictamente dirigidas a procrear, puesto que tendría el beneficio, no sólo de tener hijos, sino de mantener el lazo de la pareja, aumentando las posibilidades de sobrevivir de las crías. Sobre este tema se ha escrito en este blog un comentario del libro "El mono desnudo" y un artículo sobre "El orgasmo femenino y la evolución", así como el documental "La biología del amor en el mono desnudo".


En cualquier caso, obviamente la evolución por medio de la selección natural actuó favoreciendo la reproducción y la supervivencia de las crías de aquellos individuos que tenían una relación estable de cooperación, de enamoramiento. Quizás, como parece demostrar Helen Fisher en otro estudio (Fisher 2006) a través de determinados neurotransmisores. Sustancias químicas como la dopamina y la oxitocina localizadas en determinadas áreas cerebrales, parecen jugar un rol decisivo en el surgimiento de relaciones amorosas. Una vez los individuos compitan por encontrar una pareja, simplemente surgirían, según Fisher, una serie de recursos y maneras de cortejo mutuo, que continuaron (y continúan) evolucionando, tales como la danza, la escritura, la poesía, el arte, la música, etc. Existen datos arqueológicos que indican que hace 35.000 años los humanos ya mantenían tales conductas de apareamiento, ya se enamoraban.

BIBLIOGRAFÍA:
- Wong, Kate. (2010). El amor, fruto de la evolución. Mente y Cerebro. 45.
- Helen E. Fisher, Arthur Aron and Lucy L. Brown (2006). Romantic love: a mammalian brain system for mate choice. Phil. Trans. R. Soc. B 2006 361, 2173-2186.
- Morris, D. (1967). El mono desnundo. Plaza & Janes, S.A. 1ª Ed.

ENLACES:
http://www.destejiendoelmundo.net/2012/04/libro-el-mono-desnudo-de-desmond-morris.html
http://www.destejiendoelmundo.net/2012/03/la-biologia-del-amor-en-el-mono-desnudo.html
http://www.destejiendoelmundo.net/2012/03/el-orgasmo-femenino-y-la-evolucion.html

Esta entrada participa en la XVI edición del Carnaval de Biología, organizado por El Blog Falsablehttp://falsable.wordpress.com/2012/09/03/xvi-carnaval-de-biologia/

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