22 de septiembre de 2012

Cómo fabricar humanidad

Hoy traigo al blog el texto de una conferencia pronunciada por el filósofo Fernando Savater titulada "Fabricar humanidad" el 16 de marzo 2005 en la Universidad de Chile con ocasión del encuentro “Los sentidos de la educación y la cultura. Cultivar la Humanidad”. 

Aquí, Fernando Savater habla de la capital importancia que tiene la educación, no sólo para formarse y conseguir "ser alguien" en la vida, sino que la educación, como lo opuesto al adoctrinamiento y al "no pensar",  es el pilar básico sobre el cual se asienta la libertad humana.


Es un gran placer estar con ustedes, aunque sea por medio de estas imágenes y de estas palabras. Quizá con el tiempo debamos acostumbrarnos cada vez más a este tipo de proximidad que vamos a tener los humanos. Hay que usar todas las formas.

Cuando me preguntaron sobre qué y cómo enfocar estas palabras, me interesó subrayar el carácter de cultivo de la humanidad que -para mí- tiene fundamentalmente la educación.

La educación no es una simple preparación en destrezas laborales; no es simplemente amaestrar a los niños o jóvenes a que no hagan daño y para que trabajen y para que obedezcan. Sobre todo, es para cada uno de nosotros para, a lo largo de la vida, ir despertando y produciendo la mayor cantidad de libertad humana. Yo veo que la humanidad no es algo dado, no estamos simplemente programados por la naturaleza para ser humanos. Los animales, los otros seres naturales, las plantas, están programados para ser lo que son (el cactus está programado para ser cactus, la pantera para ser pantera). Pero nosotros tenemos que desarrollar la posibilidad humana que hay en cada uno. Tenemos la posibilidad de llegar a ser humanos, pero no lo seremos nunca sino gracias a los demás, si no sufrimos este proceso que despierta y saca la humanidad.

Podemos decir que cada uno nace dos veces: una, del útero materno –biológicamente natural–, y una segunda vez –el nacimiento social–, del útero social. Este último es el que desarrolla en nosotros las posibilidades de humanidad. No es un proceso forzoso; por ejemplo, según algunos relatos -recuerden ustedes los libros de Rudyard Kipling y otros casos documentados-, niños que teniendo que vivir en compañía de animales no llegan a desarrollar nunca las posibilidades de humanidad, el pensamiento simbólico, la palabra. Es decir, esas cosas que nos dan los demás. La humanidad nos la damos unos a otros y la recibimos unos de otros. Nadie se hace humano solo. Y yo creo que ese es el fundamento de la educación.

Nadie se hace humano solo. Sólo el contacto, el contagio de otros seres humanos, nos hace humanos. En fin… tenemos que contagiarnos de la humanidad de otros. De ahí que a mí me parezca que es mucho más importante el estar en un aula, en una clase rodeado de seres humanos y frente a seres humanos y frente a un maestro –aunque sea humano a distancia como en este caso–, porque yo creo que esa proximidad es lo esencial de la educación. No podemos ser humanos más que de otros seres humanos.

Cuando se dice: “Bueno, conectados a Internet, la educación nos llegará por la vía de la web y por la información de los ordenadores…”. Sí, por ahí nos puede llegar mucha información porque, evidentemente, todos estos instrumentos son excelentes para proporcionar información. Pero no nos puede llegar humanidad. Ella sólo nos puede venir de otros seres humanos. No podemos aprender a vivir de máquinas.

No podemos aprender a vivir de enciclopedias. Tenemos que aprender de humanos, de semejantes. Estamos condenados a nuestros semejantes, son ellos quienes despiertan nuestra humanidad. Los que nos hacen el regalo más precioso y más necesario: extraer de esta especie de diamante en bruto que somos cada uno las posibilidad de la humanidad.

Yo creo que eso, fundamentalmente, debe pretender la educación. Por supuesto, la educación luego tiene unas funciones instrumentales como la preparación laboral, la sustitución de los puestos de trabajo, una serie de tareas en la vida social, también el aprendizaje de pautas civiles para convivir con los otros. Todo eso es importante y es fundamental, pero todo eso está supeditado al desarrollo de seres humanos, la creación de seres humanos.

Lo importante es que la humanización no es un proceso meramente automático. No es algo que nos llega por casualidad; lo tenemos que suscitar en nosotros. Y por eso la buena educación es fabricación de humanidad. Yo creo que la primera manufactura que debe tener una democracia moderna debe ser fabricar humanidad, frente al mundo que vivimos destinado a la acumulación de objetos, a la fabricación de cosas sofisticadas y a la adquisición de bienes, etc. Yo creo que la verdadera producción de los países civilizados –en el sentido potente de la palabra civilización– debe ser fabricar más humanidad. Fabricar más humanidad en sus ciudadanos, más relación humana, porque la humanidad no es una mera disposición genética. Yo creo que la diferencia fundamental entre los animales y los seres humanos es que, en alguna forma, los animales son completos en sí mismos, no necesitan la relación con otros para desarrollar sus posibilidades. Mientras que en el ser humano, la relación con otros seres humanos es fundamental para desarrollar su humanidad.

La humanidad es una forma de relación, una forma de relación simbólica, y los seres simbólicos estamos destinados a desarrollar nuestras posibilidades en relación con los otros.

Aristóteles, en su Política, dice que los humanos antes de llegar a gobernar tienen que haber sido gobernados. En una democracia, en aquella democracia griega que se iniciaba, Aristóteles dijo: “Formar ciudadanos es formar gobernantes, porque en una democracia todos gobernamos. Los políticos son aquellos a quienes nosotros les mandamos mandar. Pero en una democracia todos somos gobernantes”. De ahí la importancia de la educación. En el mundo –por ejemplo, de los ersas– no hacía falta educar, porque la persona tenía su estima social establecida de antemano y ya no la podía cambiar. El hijo del campesino sería campesino; el hijo del comerciante, comerciante; los hijos de guerreros desarrollarían las habilidades de la guerra; los hijos de los nobles aprenderían a cazar o a organizar fiestas. Cada uno tenía su aprendizaje determinado. En el fondo, no hacía falta educar en una forma libre o abierta: simplemente había que adiestrar a las personas para que desempeñaran su trabajo.

Pero en la democracia, ninguno tiene el trabajo social predeterminado; nuestro único trabajo es ser humanos y, a partir de ahí, poder desarrollar nuestras mejores posibilidades. Por lo tanto, tenemos que ser educados como si fuéramos a ser gobernantes, porque en la democracia todos vamos a llegar a ser gobernantes. Y por eso Aristóteles insistía: “Antes de que tú puedas gobernar tienes que haber pasado por la experiencia de ser gobernado”. Ser educado es ser gobernado en un principio. Ser educado es conocer lo que significa ser gobernado por otros y, de esa manera, desarrollar la posibilidad de gobernar por los otros.

Toda educación democrática es educación de príncipes, de personas que van a tener en sus manos el destino de la comunidad junto con las demás. Por eso, cuando queramos plantearnos la importancia de la educación en una de nuestras sociedades, tenemos que pensar que la educación es tan importante como si de cualquiera de las personas que van ser educadas dependiera nuestro destino, porque ellas van a mandar, ellas van a tomar decisiones. Vamos estar en sus manos.

Alguna vez he escrito que las democracias educan en defensa propia, educan para defenderse de lo que puede ocurrir si no educamos a aquellos en cuyas manos van a estar los destinos de la comunidad. Por eso, la educación es más trascendente que el simple adiestramiento, que la preparación para cumplir determinadas funciones.

¿Cuál es el tipo de humanidad que necesitamos desarrollar dentro de un juego democrático? Yo creo que la educación democrática incluye la capacidad de persuadir y de ser persuadido; es decir, la capacidad de explicar de una manera inteligible las demandas sociales a los demás, de hacer entender nuestros deseos y la justificación de ellos. Ser capaces de argumentar a favor de los propósitos sociales que proponemos. Y también la capacidad de ser persuadidos por los otros; es decir, comprender sus demandas sociales, escuchar las argumentaciones que las apoyan y, en último término, cambiar nuestras perspectivas si hace falta, siendo susceptibles a ser convencidos por las razones de otros.

La capacidad de convencer y de ser convencidos, de persuadir y ser persuadidos, creo que es fundamental en una democracia.

Fallan estas cosas si fomentamos esa idea equivocada de que cada cual debe tener sus opiniones y debe estar encerrado de una manera infranqueable. A veces se dice: “Todas las opiniones son respetables…”. No es verdad.

Las opiniones no son respetables. En todo caso, las personas son respetables. Las opiniones están hechas para ser rebatidas, discutidas, contrastadas y, en último término, para ser abandonadas si se revelan erróneas, y ser sustituidas por otras.

Es decir, crear capacidad en las personas, caracteres susceptibles de persuadir y ser persuadidos, es una de las funciones extraordinariamente importantes de la educación, creo. O sea, no crear gente infranqueable o encasillada en el capricho de su primera idea. Desgraciadamente, les hablo desde un país donde existe el prejuicio de las ideas propias que nunca hay que cambiar, porque eso es señal de que uno es una persona íntegra, una persona estable. Conozco personas que te dicen: “Yo pienso lo mismo que pensaba cuando tenía 17 años”. Esa es una señal indudable de que no pensaba nada ni a los 17 años ni ahora. Es como decir que a usted las ideas se le meten en la cabeza como una mosca se mete en una botella y no encuentra la salida y se queda ahí dando vueltas.

Las ideas realmente deben ser debatidas, ofrecidas a los demás como un campo para intercambio. Por lo tanto, el hecho de convertirse en impersuasible, en una persona que se adhiere a sus ideas como una lapa a la roca, no tiene ningún mérito. Recuerdo una anécdota: a John M. Keynes, gran economista, un periodista le interrogaba: “Profesor… hace dos años usted sostenía una postura completamente distinta que ésta que ahora sostiene…”. Keynes le dijo: “Pues mire, tiene usted razón, me di cuenta que estaba equivocado y yo cuando me doy cuenta que estoy equivocado cambio de opinión. ¿Usted qué suele hacer en ese caso?”.

Pues esto es lo que hace falta. Hay que crear esta disposición a decir: “Cuando me doy cuenta que estoy equivocado cambio de opinión”. No pasa nada. No solamente no siento una humillación sino que, al contrario, lo que sería humillante para mí es que mis ideas estuvieran encerrándome de tal manera que yo no pudiera modificarlas por fuerza de razón. Hay que crear personas que tengan el orgullo de ser persuadibles, de ser capaces de ser persuadidas por otras y, a la vez, de explicar y persuadir a los demás. Eso creo que –aunque no es tan fácil– es una de las bases de la educación humana y, sobre todo, de la educación humana democrática.

Hay otro aspecto de la humanidad en la educación que me parece importante. Se habla, con razón y con excesivo elogio, de la diversidad humana. Y se dice que la gran riqueza de la humanidad es la diversidad. Cosa que es obvia.

Los seres humanos son diversos: es decir, somos distintos, en colores, en disposiciones, en gustos, en costumbres, en tradiciones. Pero, entonces, se convierte todo eso en la gran riqueza humana… No es verdad… La riqueza humana es nuestra semejanza. Precisamente, lo que hace a la humanidad importante, y lo que permite que los seres humanos llevemos a cabo labores extraordinarias, es el hecho de lo mucho que nos parecemos. Que podemos comunicarnos unos con otros, intercambiar información unos con otros, de que todos los idiomas sean traducibles. Es mucho más importante el hecho de que todos los seres humanos hablamos por igual, que el hecho de que hablemos lenguas diferentes.

Hablar lenguas diferentes es un accidente. En cambio, lo que nos define es el hecho de ser seres simbólicos capaces de hablar. Seres humanos que podemos comprendernos, entender nuestras necesidades, entender nuestras demandas. Esa es la verdadera riqueza de los seres humanos.

Gracias a que nos parecemos hemos llegado a desarrollar las instituciones más importantes, esas de apoyo mutuo, de solidaridad, de progreso. De modo que creo que está muy bien reconocer la diversidad humana; reconocer que los seres humanos debemos gozar de nuestra diversidad que hace que el mundo sea menos monótono y tenga más posibilidades a todos los niveles. Pero debemos educar para que la gente sepa que lo importante es lo que tenemos en común. Que aquello en lo cual diferimos –cultura, costumbres, etc.– es accidente, comparado con aquello en lo que nos parecemos. Y que lo que nos une es mucho más importante que aquello en lo que diferimos.

Creo que esto es un mensaje. Hoy, la humanidad necesita buscar una armonía por encima de las naciones, de las tribus y de las divisiones; formar personas penetradas de la comunidad de la humanidad, de que la humanidad es algo en común que tenemos todos y no simplemente una exclusiva de unos o de otros. No intentar ser insolubles para los demás.

Todos los grupos étnicos, los fanáticos religiosos, nacionalistas, etc., se gozan de ser insolubles para los otros.

“Nadie me puede entender”, “aquí somos así”, “si no eres de aquí no puedes entendernos”, “si no has sufrido la iniciación de la religión no puedes comprenderlo”. Esta es la fuente del fanatismo, del integrismo, del atraso de los países.

Lo que verdaderamente hace avanzar el mundo es saber que los seres humanos no somos enigmas para otros seres humanos. Que nos buscamos unos a otros. Que estamos capacitados para comprendernos, para comunicarnos y que nuestro esfuerzo debe ir en esa dirección.

Y yo creo que la educación hoy debe ser la forma de abrirnos a los otros y de posibilitar esta comunidad humana a la cual pertenecemos y de la cual formamos parte.


Fernando Savater "Fabricar Humanidad" (conferencia)

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