27 de octubre de 2011

LIBRO: El enfermo imaginario de Molière


El famoso dramaturgo Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Molière, no hubiese ganado el premio Amigo de la Sociedad Colegial de Médicos, si este existiese. Los criticaba con dureza. La gran mayoría de los facultativos de la época en la que a Molière le tocó vivir valoraban su propia autoridad como médico como fuente de veracidad antes que los nuevos conocimientos científicos. La gran mayoría seguían con entusiasmo la doctrina ad verecundiam. De ahí que Molière se empeñara en machacar, literariamente hablando, a aquellos médicos que por ejemplo seguían creyendo en los humores cuando ya Harvey había demostrado la circulación sanguínea.

En El enfermo imaginario aparecen estos “médicos” junto con Argan, un hombre de una buena familia, que tiene la desgracia de ser hipocondríaco. Cree que tiene un montón de enfermedades y ninguno de sus médicos lo cura, sino que hacen que crea todavía más en sus padecimientos prescribiéndole absurdos tratamientos (para una enfermedad que no tiene) como pasear por las mañanas por su habitación 12 idas y 12 vueltas. (ARGAN: “Pero se me ha olvidado preguntarle si era a lo largo o a lo ancho.”)

La medicina ha cambiado desde la época de Molière y, aunque habrá de todo, la gran mayoría de los médicos actuales son científicos de pura cepa. Los médicos se basan en la ciencia, en los avances científicos para curar a sus pacientes. Sin embargo las críticas de Molière todavía están vigentes hoy, aunque creo que ya no tanto a los médicos. Mientras leía la obra de teatro, me venía a la cabeza una reflexión: Si Molière viviese hoy no sería a los médicos a los que atacaría, sino a los pseudomédicos: a los farsantes y estafadores que rechazan lo científicamente comprobado mil y una vez, y que “curan” en base a meras creencias. Algunos no han avanzado desde el siglo XVI. Prueba de lo que digo son los siguientes pasajes, sacados de la obra y que hoy parecen estar sacados de una ferviente crítica a la homeopatía, a la medicina de los chakras, terapias alternativas, y demás bobadas, propongo leerlos sustituyendo médicos por, por ejemplo, homeópatas. No puedo dejar de pensar que a Molière, férreo defensor de la medicina científica de su época, le hubiera gustado:

ARGAN: Así pues, ¿los médicos no saben nada, según vos?
BERALDO: Claro que sí saben. La mayoría de ellos conocen bellas humanidades, saben hablar un hermoso latín, os pueden decir en griego el nombre de todas las enfermedades, definirlas y clasificarlas; pero, en cuanto a curarlas, es lo que les falta totalmente por saber.
ARGAN: Pero estaréis de acuerdo, por lo menos, en que, sobre la materia, los médicos saben más que los demás.
BERALDO: Saben, hermano mío, lo que ya os he dicho, y que no sirve de gran cosa para curar; y toda la excelencia de su arte consiste en un pomposo galimatías, en una engañosa garrulería que os da palabras por razones y promesas por efectos.
ARGAN: Pero, en fin, hermano, hay gentes tan sabias y tan listas como vos, y vemos que cuando están enfermos todos recurren a los médicos.
BERALDO: Es una prueba de la debilidad humana y no de la verdad de su arte.
[…]
BERALDO: […] Es todo un médico de pies a cabeza, un hombre que cree en sus reglas más que en todas las demostraciones de las matemáticas, y que consideraría un crimen querer comprobarlas; en la medicina no ve nada obscuro, nada dudoso, …

En la obra de teatro (muy corta y se le del tirón, por cierto) el argumento gira entorno a las enfermedades que Argan cree que padece, y a la que sí sufre realmente: la hipocondría. Llega hasta el extremo de querer casar a su hija con el hijo (estudiante de medicina) de su médico para así formar una familia de esculapios. La chica, en contra de la voluntad paterna, quiere casarse con su enamorado, sobre quien recae una terrible desgracia: no es médico. El final de la obra es fantástico: sarcasmo puro y duro. Recomiendo leerla.

LIBRO:
Molière (1982). El enfermo imaginario. Salvat Editores, S.A.