20 de agosto de 2011

LIBRO: Destejiendo el arco iris de Richard Dawkins

Richard Dawkins es un autor que me gusta mucho (y me ha influido mucho). Me he leído casi todos sus libros pero uno que me faltaba es “Destejiendo el Arco Iris”. Ahora que tengo tiempo lo he leído,… y me ha encantado. Dawkins hace que compartas su amor por la ciencia.

El libro gira en torno a una idea: la afirmación del poeta Keats de que Newton había destruido toda la poesía del arco iris al reducirlo a los colores prismáticos. Dawkins niega esta idea y defiende la contraria, ahora el arco iris tiene más poesía. La ciencia es tan maravillosa, que se puede hacer poesía de ella. En el libro, Dawkins diferencia el concepto de “buena poesía” y “mala poesía” científicas. La buena poesía es ahondar en las maravillas y en el asombro que causa la ciencia real, mucho más maravillosa que la mala poesía, a la que Dawkins acusa de dirigir nuestro asombro hacia teorías pseudocientíficas.

Partiendo de la refracción del arco iris, Dawkins explica cómo ha afectado dicho descubrimiento, que nos permite hoy en día saber de qué están hechas las estrellas y los planetas alejados enormemente de nosotros, en un capítulo titulado “Codigos de barras en las estrellas”. Luego establece una analogía en “Códigos de barras en el estrado”, donde explica que la ciencia, en concreto la genética, tiene mucho que decir en los procesos judiciales. No sólo esos, sino que explica otros muchos campos de la ciencia, como la astronomía, el origen del hombre, el lenguaje (incluyendo los memes) y el cerebro, al que compara con la realidad virtual y la informática. También incluye una breve explicación de su famosa teoría del gen egoísta y de otras teorías darwinistas. En cualquier caso, te quedas asombrado por el entusiasmo con el que Dawkins se explica.

La mala poesía serían las pseudociencias. A estas les acusa de intentar captar nuestra ansia de asombro con bobadas. En concreto critica duramente a la astrología, a la que acusa de ser un insulto estético. En cambio propone mirar a las estrellas, para descubrir que la realidad es mucho más extraordinaria, ya que al mirar el universo estamos mirando el pasado. La luz de las estrellas se produjo, dependiendo de su distancia, hace unos minutos, un año o incluso millones de años. Nos enseña lo ridículo que es tener un signo del zodiaco, pero la buena poesía de tener una estrella de nacimiento, cuya luz que vemos se produjo en el año en que nacimos.

Dawkins también nos explica por qué creemos en las pseudociencias. Con numerosos ejemplos muy interesantes, nos muestra nuestro desconocimiento del tiempo histórico (millones, sí millones de años) y de nuestra ignorancia en estadística, la cual hace que demos relevancia, por ejemplo al hecho de que dos personas coincidan su cumpleaños o que un vidente diga por la televisión que se va a parar el reloj en casa de uno de los millones de televidentes y se pare. Dawkins muestra que el verdadero asombro debe encaminarse, en este último ejemplo, a la estadística. También explica nuestra credulidad desde el punto de vista darwiniano: los niños son crédulos porque es beneficioso desde el punto de vista evolutivo, hace que los niños aprendan rápido de sus padres.

Uno de los puntos flojos que le veo al libro es cuando está explicando la mala poesía mete, un poco forzado en mi opinión, una contundente crítica a las teorías saltacionistas de Stephen Jay Gould, que aunque comparto, me parece que podía dedicar otro libro o hacerlas en otro lugar.

Sin embargo es un libro muy ameno y riguroso, muy recomendable, y lleno de magníficos pasajes, entre los que he escogido uno, al principio del libro, que a mí personalmente me gustó mucho:

Vamos a morir, y esto es una suerte. La mayoría de gente no tendrá oportunidad de morir porque nunca habrá nacido. Las personas que podrían haberse encontrado aquí en mi lugar y que nunca verán la luz del día son más numerosas que los granos de arena de Arabia. Estos fantasmas no nacidos seguramente incluyen poetas más grandes que Keats y científicos más grandes que Newton. Podemos asegurarlo porque el conjunto de individualidades posibles que permite nuestro ADN excede con mucho el de personas reales. Entre las incontables posibilidades que podrían haberse materializado, somos el lector y yo, en nuestra medianía, los que estamos aquí. […] En otras palabras, es abrumadoramente probable que estemos muertos.